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LA NOVELA Y LA LIBERTAD

Escrito por Super User
Categoría: Artículos Creado: Jueves, 29 Junio 2017 03:11

-TEXTO LEÍDO EN EL COLOQUIO DE LITERATURA EN TRINIDAD (CASANARE) 2016- En Colombia, como en todos los países del mundo, existe un relato dominante construido por quienes controlan el Estado. La Historia que se enseña en la escuela tiene la perspectiva de las clases que han gobernado durante mucho tiempo. El nuestro es un relato de caudillos y de personas iluminadas que toman decisiones por el resto de los ciudadanos.

Los niños crecen pensando que hay una casta, preferiblemente formada por hombres, que está por encima de todos los demás porque ellos hicieron cosas heroicas. Se les mira como personajes públicos que merecen el tributo de la gente.

El relato se afirma en los monumentos que hay en parques y en otros lugares públicos. Importantes avenidas llevan sus nombres. ¿Cómo desconfiar de ellos si hicieron todo por nuestra felicidad? La sociedad se acostumbra a verlos y en su nombre edifica una serie de valores que se aceptan como ley divina. Sus pecados se perdonan y se olvidan. Francisco Antonio Zea fue un político de la Nueva Granada, acusado de malversación de fondos. Le cabe el triste honor de ser el fundador del peculado en nuestra nación. Sin embargo, en Medellín hay una plaza que lleva su nombre y hasta hace muy poco el museo de Antioquia se llamaba museo de Zea. Tuvo que imponerse el pintor Fernando Botero con su donación multimillonaria y condicionarla a que se cambiara el nombre. Hoy se llama oficialmente Museo de Antioquia y la gente lo conoce como el Museo Botero. Sin embargo, la plazoleta cercana a la plaza minorista sigue llamándose Plazuela Zea. Y ahí está su estatua. Las palomas la visitan como a los otros próceres y la gente pasa junto a ella con aire de reverencia. Malversar fondos no es grave si se tiene monumento y plazoleta. Todo eso se perdona porque el relato lo permite.

El imaginario colectivo se instala poco a poco a partir de hechos que marcan el pensamiento de la gente. Las guerras y sus vencedores prevalecen sobre los perdedores. La Historia es el producto de las narraciones de quienes ganaron las confrontaciones definitivas. La sociedad necesita honrar a los victoriosos y de alguna manera busca distanciarse de los que perdieron. La Ilíada es el canto de un pueblo que se resistió a la humillación de perder el símbolo de la belleza a manos de otro pueblo. Es el desfile de los campeones que van al rescate de Elena. Entre ellos va Aquiles, el guerrero más feroz, pero en medio de la batalla por conquistar a Troya se siente traicionado por su rey Agamenón, entonces se margina del combate y los Troyanos empiezan a obtener ventaja en la confrontación. Aquiles regresa a la lucha solo cuando ve que su fiel escudero, Patroclo, es asesinado por Héctor, que es el líder contrario. Empieza entonces una persecución despiadada hasta cuando lo caza y lo reta a muerte. Aquiles no tiene compasión con el cuerpo de su enemigo. No atiende los llamados a respetar su jerarquía. Solo se conmueve cuando el padre de Héctor le suplica que le devuelva el cadáver de su hijo. Es la justificación de la barbarie en nombre de la justicia. En esta y en todas las guerras todo se vale. No hay compasión para los vencidos.

La novela del siglo XIX en Colombia mostró las relaciones sociales que quedaron como rezagos de un régimen basado en la propiedad de la tierra, incluidos todos los campesinos que la trabajaban. Manuela, de don Eugenio Díaz Castro, cuenta el viaje de un joven ilustrado a una región donde cultivan caña de azúcar. Describe las maneras delicadas con las que trata a las personas del campo y habla de sus asistentes indígenas que le cargan su equipaje y lo atienden con sumisión de siervos. El hombre se enamora de una campesina llamada Manuela y cuando está locamente enamorado la abandona para ir a buscar a su verdadera novia que vive rodeada de privilegios en Santa Fé. El hombre deja a Manuela en medio de un conflicto político en el que finalmente muere como retaliación del cacique del pueblo que la acosa sexualmente y al no lograr su consentimiento incendia la casa e inicia una guerra contra todos los pobres del lugar.

En María, de Jorge Isaacs, la novela romántica alcanza un punto alto en la historia de la literatura colombiana. Sin embargo, detrás del amor del joven estudiante Efraím por su prima María, se leen todas las relaciones socioeconómicas imperantes en el Valle del Cauca. La presencia de esclavos es natural en la novela a pesar de que para la época en que se publicó, 1867, ya se había dado la manumisión 1851, es decir, en el tiempo de la publicación la esclavitud en Colombia ya era un caso juzgado. Sin embargo, la novela presenta al personaje de la mujer negra venida de África que ha servido desde siempre en esa casa. Para entonces todavía no hay una novelística rompedora del relato dominante y, en cambio, se siguen alimentando estereotipos de los valores sociales.

El cuento de don Jesús del Corral, Que pase el aserrador, es una muestra de lo que reproduce la literatura a través de sus personajes y narraciones. Ocurre a principios del siglo XX, cuando está a punto de terminar la guerra del 85. Dos hombres huyen del ejército del que han desertado. Uno es paisa, se llama Simón, el otro es de Boyacá, indígena silencioso que anda detrás de su compañero en busca de la libertad. Comen raíces durante varios días y están a punto de desfallecer. Encuentran a un hombre sentado a la orilla de una cañada profunda que espera encontrar en ese cruce de caminos aserradores para la hacienda de su patrón, un conde francés. Simón dice que él es aserrador. El boyacense se resigna y dice que apenas es un peón. El hombre grita para que manden la tarabita en la que van a pasar al aserrador al otro lado. De allá le contestan: «Que pase el aserrador». Aquí ya se ve la intención de mostrar a un personaje que es capaz de mentir para sobrevivir y dejar abandonado a su suerte a su compañero de aventura. Apenas empieza la lista de presuntas acciones de hombre astuto. Es evidente que Simón no sabe aserrar pero tiene otras virtudes. Sabe trovar y tocar el tiple. Encanta a las mujeres de la cocina con piropos y con manoseos vulgares. Se hace querer de la dueña de la hacienda porque se gana a los hijos con juegos y con historias inventadas. Se vuelve imprescindible para la vida de esa casa. Finalmente debe irse para el monte a ejercer su oficio de aserrador. Ya les ha dicho a los patronos que deben pagarle un cincuenta por ciento por encima del mejor aserrador que hayan tenido alguna vez. Luego pide que lo manden con un asistente para enseñarle todos sus conocimientos. El más veterano aserrador lo acompaña y descubre que todo es un engaño. Pero no puede denunciarlo porque Simón lo amenaza con hacerlo echar de su protectora, la dueña de la hacienda y madre de los francesitos. Al aserrador no le queda más remedio que enseñarle y convertirlo en un experto.

Este cuento se ha tomado como un ejemplo de lo que debe ser el paisa: astuto, ingenioso, encantador, recursivo. Inclusive, Belisario Betancur, que era el presidente cuando se inauguró el primer canal regional de televisión, Teleantioquia, le encargó al director de cine, Víctor Gaviria, que hiciera una adaptación de este relato para la primera emisión del canal. Quería enviar un mensaje a todo el país y decir con esta película, cómo son las cosas con la gente de esa esa región antioqueña. Y una gran parte de la población antioqueña se tragó el cuento de la superioridad paisa. Luego viviríamos las consecuencias de esa euforia chauvinista cuando apareció la figura siniestra de Pablo Escobar como símbolo del astuto. Fueron dos décadas de violencia y sufrimiento para todo el país y en especial para los propios habitantes de Medellín y el Valle de Aburrá. Un duro escarmiento para una sociedad que se dejó seducir por los cantos de sirenas y ahora despierta lentamente de esa pesadilla del narcotráfico.

Es claro que no podemos culpar a don Jesús del Corral, autor de ese excelente cuento Que pase el aserrador, de todos los males de la sociedad paisa. Solo quiero traerlo como ejemplo de cómo la literatura puede influir en el imaginario colectivo. La novela no es buena ni mala por sí misma. Es un género literario de milenaria tradición que ha conservado su espíritu a través del tiempo. Una buena novela, ante todo, tiene personajes, y estos luchan por conseguir sus anhelos. En esta lucha radica el corazón de la novela, es lo que se conoce como el Conflicto, que no es otra cosa que todos los obstáculos que se le presentan al personaje para lograr sus deseos. No importa si triunfa o fracasa. Lo importante es la lucha, o, para decirlo en palabras de Thomas Mann, “la cacería es la cacería, cazar es lo de menos”. En la cacería es donde se dibujan todas las características de la época en la que ocurre la acción y de alguna manera se proyecta la personalidad del autor y su propio tiempo.

Durante unos años leí novelas que podrían llamarse “militantes”. Eran los años en que hice parte de una organización revolucionaria en la ya lejana década del setenta. Los estudiantes universitarios de entonces soñábamos con la justicia social y buscábamos en la vida de la gente sencilla una razón para vivir nuestras propias vidas. Por eso leíamos libros como “Pan duro y negro”, “Así se templó el acero”, “Hija de la revolución”, “Diez días que estremecieron el mundo” y otras que contaban historias tristes pero llenas del valor de la gente que no tenía más alternativa en el mundo que levantarse contra los poderosos que les habían negado la felicidad por generaciones enteras. Esos libros nos mostraron el lado desconocido del universo, lo que nunca se habría de saber porque a los vencedores de la Historia oficial no les interesaba que se supiera.

Con el tiempo, cuando me hice escritor y entendí que ya no iba a dirigir grandes huestes de desposeídos hacia la toma del poder sino que debía ser justo con mi pequeño entorno de familia y amigos, aprendí que las novelas no solo son un canto a la libertad humana cuando hablan de los pobres y sus sufrimientos. Las novelas son más importantes para el rumbo de la sociedad cuando están bien escritas, cuando revelan aspectos desconocidos del alma de la gente. Por eso es un género que ha sobrevivido a los siglos.

Ahora me dedico a escribir novelas como asunto vital de mi existencia. Sé que mi responsabilidad con la sociedad es hacerlo bien y que para lograrlo debo trabajar sin descanso y tratar de profundizar en el conocimiento del ser humano. Se aprende más del comportamiento de los hombres en un libro como Guerra y Paz, escrito por el conde León Tolstoi en la época del zarismo en Rusia, que con discursos políticos o con análisis sociológicos sobre el imperio ruso del siglo XIX. Y si queremos conocer a los colombianos debemos leer a otro grande que no perteneció a la nobleza ni tiene nombre extranjero. Tomás Carrasquilla contó en Frutos de mi tierra a la Colombia de finales del siglo XIX. Luego, con cuentos sencillos y cortos como A la plata, dio cuenta de la forma como se formaban los ejércitos que contendieron en la guerra de los Mil Días. Con La Marquesa de Yolombó, denunció la idea que se tenía de la mujer en tiempos de la colonia. Esta es la clase de novelas que conectan a los lectores con el relato oculto. Muchos años después llegaría esa obra maestra Cien años de soledad para confirmarnos que la literatura es un camino hacia el conocimiento del mundo, y que las buenas novelas permiten que el imaginario colectivo se abra, como un campo de flores en primavera.

Yo pertenezco a una generación posterior a Macondo y cuando empezábamos a escribir, nuestra mayor preocupación era encontrar un camino propio, que respetara y valorara la obra de García Márquez pero que no tratara de imitar al Maestro. Me siento orgulloso de nombres como Evelio Rosero, Tomás González, Juan José Hoyos, Piedad Bonnett, Laura Restrepo, quienes hallaron su propia voz en medio del bullicio de los aplausos a la obra de Gabo. En sus novelas hay que buscar esas claves para romper el círculo del relato dominante y construir un nuevo relato acorde con los anhelos de libertad de nuestro país contemporáneo. En novelas como Primero estaba el mar, de Tomás González; Los ejércitos, de Evelio Rosero; El cielo que perdimos de Juan José Hoyos; El prestigio de la belleza, de Piedad Bonnett; Pecado, de Laura Restrepo, podemos estar seguros de que la novela sigue abriendo caminos al ser humano y con autores como ellos sabemos que Colombia avanza en la construcción de un nuevo relato que refleje las características de la sociedad contemporánea.

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