Cuentos

UN CIELO Y DOS HÉROES

Escrito por Super User
Categoría: Cuentos Creado: Miércoles, 28 Junio 2017 22:34

Hace años, menos que los de la vida completa de una persona pero suficientes para agruparlos en varias décadas, antes de que el hombre llegara a la luna, cuando el mundo era todavía muy nuevo a pesar de que en las calles había viejos y en el cementerio era difícil encontrar lugar para un muerto reciente, yo jugaba fútbol con Tomás Cifuentes.

Los sábados empezábamos a patear el balón a las tres de la tarde. A esa hora el calor era sofocante y casi nadie nos molestaba en la calle de abajo porque a la gente le daba pereza caminar. Tomás vivía en la calle de arriba y no saludaba a ninguno de los vecinos del barrio. Era como si estuviera bravo con todo el mundo. Él era pecoso y huesudo. Cuando sudaba, la piel se le ponía del color de las zanahorias y el pelo lacio le caía húmedo sobre la frente. Le gustaba que lo llamara edsonarantes. Yo era el único que le decía así porque nadie más en el barrio le hablaba. Le tenían miedo y a mí me empezaron a respetar el día en que se fajó a golpes con cuatro grandes que me querían quitar una pelotica de tennis, Aprenda a defenderse solo, me dijo. Muy fácil decirlo. A mí me parecía que nunca iba a crecer y que siempre habría muchachos más grandes y más fuertes que yo. Si de todas maneras le van a pegar, llévese a uno o dos por delante, me dijo. Nunca lo hice. En realidad, desde esa vez no tuve necesidad de llevarme a nadie entre los puños porque todos pensaban que si me molestaban de inmediato iba a aparecer edsonarantes con sus manos flacas y duras como de hierro.

Si alguna vez hay que ser sincero prefiero que sea ahora. Quiero confesar que yo me hice amigo de edsonarantes por miedo a su mirada y a su cuerpo que parecía un esqueleto pecoso. Se me arrimó una noche que yo estaba solo en la esquina de mi cuadra y trataba de hacer la treintayuna con mi pelota de tennis. Él llegó  con las manos entre los bolsillos de su pantalón. No usaba bluyins como yo y como la gente que yo conocía. Sus pantalones eran de dril y se veían pesados. Se ponía unas botas de obrero con las que golpeaba duro las paredes. Cuando la pelota se  escabulló de mi control, él la tomó con una mano, la otra seguía en su bolsillo. Hizo cinco o seis pataditas seguidas y también se le escapó. Yo la tomé de nuevo. Supuse que en esos momentos se definían las cosas para el futuro. Si la tomaba y seguía jugando sería aceptar que estábamos  juntos y que ahora era mi turno. Si la agarraba y me iba para la casa sería el final de una amistad que nunca habría empezado. Por supuesto que la tomé y jugué mi oportunidad. Tomás me miraba con las manos en sus bolsillos de dril. Seguramente él sabía que yo era el de la decisión. Esa noche jugamos sin hablar. Respetándonos. Temiéndonos.

Soñé con Tomás muchas veces y empecé a hablar de él en mi casa como si fuera un viejo amigo. Mi mamá se interesó por conocerlo cuando le dije que me había defendido en la calle de abajo. Pregúntale si le gustan los fríjoles, me dijo ella. Pues claro que le deben gustar, pensé sin dejar que mi mamá descubriera lo que estaba pensando. Tomás vivía en la calle de arriba, donde las casas eran sencillas y la gente andaba por ahí en chanclas y algunos iban sin camisa. No habría manera de que rechazara esa invitación. Entonces me fui a esperarlo mientras hacía la treintayuna con mi pelotica de tennis. Jugué toda la tarde. Primero solo. Después salieron los mellizos de la casa azul y el gordo de la casa en forma de castillo. También aparecieron los del colegio de los jesuitas y Jorge Patiño, el de la motocicleta Harley. Se armó un partido de cuatro contra cuatro y yo quedé con el gordo  y con los mellizos. Esa tarde volé. Me hubiera gustado que edsonarantes llegara para que me viera correr y gambetear. Seguramente se habría sentado en un muro a mirarnos. No habría pedido que lo incluyeran porque sabía que no lo harían. Pero habría estado allí, viendo cómo su amigo volaba con el balón en los pies. Llegó cuando todo había terminado. Los mellizos me abrazaban y el gordo del castillo encendía un cigarrillo con un briquéheredado de su abuelo. El sudor de la cara se secaba rápido con el viento de las siete de la noche. En las casas ya servían la comida. Mi mamá te invita a comer fríjoles, le dije cuando me le acerqué lo suficiente como para que nadie más oyera. En mi casa hay comida, me dijo y se puso a tecniquiar con mi pelotica de tennis. Tomás era orgulloso. Si alguna vez tuvo hambre nunca me lo dijo. En realidad nunca me dijo nada que lo dejara ver por dentro. Siempre fue el mismo, manos en los bolsillos, mirada fuerte, piel pintada de pecas, pelo chuzudo. Al día siguiente volvió a la calle de abajo. Era domingo y nadie más estaba por ahí. Sin sacar las manos de los bolsillos me dijo, Su papá está en   El Diamante. Me miró de reojo y después agregó, ¿Quiere que vamos por él? Tomás sabía que mi papá se pasaba días enteros tomando en ese granero. Mi mamá también sabía pero no decía nada, sólo nos tranquilizaba diciendo, Su papá está bien, no se preocupen. Mi hermana se metía en su cuarto y yo tomaba mi pelotica de tennis para hacer treintayunas. Por eso le dije a Tomás que no fuéramos, Él llega solo.

El día que Tomás entró a mi casa llovía afuera. Mi hermana estaba en su cuarto y mi mamá veía Bonanza en la televisión. Lo llevé a mostrarle las fotografías del DIM que tenía pegadas en las paredes de mi cuarto. Ahí estaba el radio donde por las noches oía los partidos de fútbol que me ayudaban a soportar el insomnio que, en mi caso, era una voz que me hablaba de todas las cosas que podría hacer si no estuviera de noche. La tabla pegada de la pared que se habilitaba como escritorio en donde hacía las tareas del colegio. Las camisetas rojas nos miraban desde los muros. A través de la ventana se veía la calle mojada y los árboles se inclinaban para los lados mecidos por el ventarrón. Edsonarantes estaba de visita en mi cuarto. Ésta va a ser una tarde inolvidable, pensé. Y fue precisamente esa vez cuando Tomás me reveló uno de sus más grandes secretos. Se aseguró de que ni mi hermana ni mi mamá estuvieran por ahí cerca y cerró la puerta con cuidado. Del bolsillo trasero de su pantalón sacó una hoja doblada en dos partes. La extendió sobre la cama. De afuera entraba una luz opaca. Era una fotografía en blanco y negro recortada de la revista Life. Un estadio inmenso en el que las tribunas llenas de gente parecen montañas. Los reflectores iluminan la grama. En el centro del cuadro un negro de piernas gruesas aparece acostado en el aire porque acaba de patear el balón hacia atrás. Un rival lo mira sorprendido. Casi se puede escuchar el grito de los cien mil espectadores. Pelé, me dijo Tomás. Edson Arantes Do Nascimento. Y guardó de nuevo la foto. Los jugadores de mis fotografías se vieron lánguidos por un momento.  Ése es el verdadero fútbol, dijo. Con temor lo invité a jugar con mi pelotica de tennis en el corredor de la casa porque en el patio seguía lloviendo. Ese día me pidió que lo siguiera llamando edsonarantes. Se lo merecía. Después de ese encuentro Tomás y yo jugamos muchas veces en el corredor de mi casa aunque no estuviera lloviendo. Mi mamá se acostumbró a verlo llegar con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos del pantalón. Mi hermana nos espiaba desde su cuarto. Ninguna de las dos se metía en nuestros asuntos. Sólo nos dejaban jugar hasta que se hacía de noche y en la cocina empezaba a oler a fríjoles y a tocino frito. A esa hora se iba sin despedirse y tomaba el camino de la calle de arriba.

Tomás es muy raro, me dijo mi mamá. ¿Raro? Es distinto a nosotros. Pero no es raro. Ella insistió y me pidió que no me apegara mucho a él. No es raro. Alegué. Y a pesar de que me dejó tranquilo y siguió cosiendo en el comedor, me fui con la sensación de no haber podido demostrar lo que yo pensaba. En realidad Tomás sí era extraño. Yo no sabía nada de él. Aparecía de repente y se sentaba a mi lado o se ponía a hacer treintayunas o les pegaba patadas a los muros con sus botas de obrero. A veces daba la impresión de que le gustaba estar conmigo aunque no habláramos ni jugáramos, ni hiciéramos nada diferente de estar ahí recibiendo el viento en la cara. Nunca hablaba de su familia y yo no me atreví a entrar en su  terreno. En cambio uno de esos sábados llegó adonde todos jugábamos un desafío de cuatro contra cuatro. Se metió en medio del juego y me tomó el brazo con una mano fría. Su papá está en El Diamante, vamos por él. Lo dijo con tanta fuerza en la voz y en su mano que no pude negarme. Mi papá no había ido a la casa la noche anterior. Mi mamá se pasó todo el tiempo mirando por el balcón. Yo la sentí caminar de un lado a otro y en cierta forma fue mi compañía en el insomnio  hasta cuando no  oí más sus pasos. Debió acostarse, fue lo último que recuerdo que la voz me dijo. Antes no había parado de decirme cosas como, Tu papá los está abandonando. Algún día les van a quitar la casa. Tendrás que cambiar de colegio y de barrio. Amigos distintos. Tal vez los de la calle de arriba. Otros Tomases. Lo que nunca me dijo la voz fue dónde podría estar mi papá a esas horas de la noche. Por eso, cuando Tomás me avisó que estaba en El Diamante, reconstruí la parte que me faltaba. Bultos de maíz, fríjol y arroz en el piso. Del techo cuelgan barras de salchichón y metros del caucho ideal para hacer caucheras. Vitrinas opacas en donde las moscas revolotean sobre panes y pasteles de arequipe. Estanterías llenas de frascos de salsas, vinagre, aceite. Mesones antiguos en los que el tendero parte queso y panela y sirve aguardiente en copas pequeñas. De alguna parte, tal vez junto a la greca del café, sale el sonido de un clarinete. El ruido del compresor de la nevera vuela a la altura de las pantorrillas de los hombres que hablan a los gritos y con sus sacos y los movimientos de sus brazos ocultan a mi papá. Ahí está. Tiene la piel roja y brillante. Sonríe sin ganas ante los señores que le hacen gestos con las manos. Fuma. No los oye. Piensa en nosotros. En mi mamá. Tomás me empuja y me mete entre los hombres que huelen a alcohol, a cigarrillo y a noche. Mi papá me mira pero no me ve. Tal vez cree que soy parte de su sueño. Papá, vámonos para la casa, papá, vámonos, le digo. Uno de los hombres trata de impedirme el paso, entonces Tomás se atraviesa y me lleva hasta el bulto de arroz sobre el que mi papá está sentado. Siento cuando paso de la mano huesuda a las manos redondas y calientes.  Nos vamos. Él se levanta con dificultad y se apoya en mí. Tomás nos sigue a menos de medio metro de distancia. Lleva, como siempre, sus manos entre los bolsillos del pantalón.

A mí también me gustaba estar con Tomás a pesar de que por momentos me daban miedo su forma de ser tan callado y las patadas que pegaba contra las paredes. No saber nada de él me hacía suponer cualquier cosa. Es huérfano. Es el mayor de una familia con muchos hijos. Se escapó de su casa.  Puras suposiciones que me llevaban otra vez al principio, a pensar en él como un muchacho de la calle de arriba que un día bajó a jugar a la treintayuna con alguien que tenía una pelotica de tennis. O sea, nada. ¡Ah!, por lo menos sabía que era un admirador de Edson Arantes do Nascimento, Pelé.

El verdadero fútbol se jugaba ese año en Inglaterra. Desde el día que Tomás me mostró la foto de Pelé en la que hacía una chilena me interesé por lo que pasaba en las canchas de más allá de las montañas de Medellín. Con el permiso de mi equipo empecé a buscar noticias de la Copa Mundo en la prensa. Mi papá me regaló el álbum para coleccionar todas las selecciones que iban a competir. Cuando las primeras figuras que compré salieron del sobre me parecieron dioses. Un coreano, dos italianos y un inglés. Era cuestión de comprar más sobres hasta que me salieran todos los de Brasil y con ellos apareciera Edson Arantes do Nascimento. No hubo necesidad de contarle a Tomás. Apenas me vio con el álbum en la esquina me dijo, Yo le consigo las difíciles. ¿Cómo lo haría? Yo compraba los sobrecitos en la tienda de la calle de abajo y durante un tiempo siempre salían las mismas. Tomás llegaba con montones de láminas que nadie más tenía en el barrio. Me las cambiaba por las repetidas que ya todos conocían de sobra y me enseñó a hacer un mapa en el que iba tachando las que me salían. Cuando llenamos la página de Brasil nos fuimos para mi cuarto a mirarla. Gilmar, D’jalma Santos, Garrincha, Jairzinho, Tostao, Gerson, Manga, Pelé. Pude verle la cara de asombro a Tomás. Acariciaba las láminas, olía las hojas, miraba la carátula. Es de los dos, le dije. Te lo podés llevar para tu casa cuando querás. Pero no lo recibió. Esa tarde se fue temprano. No jugamos en el corredor ni en la calle de abajo. Se fue con sus manos en los bolsillos y caminó despacio hasta que se me perdió al voltear la esquina.

Por la noche, el gordo del castillo me vio con el álbum debajo del brazo. Después llegó con los mellizos a buscarme y a comparar quién tenía más páginas llenas. Pasé una por una y me detuve en la verdeamarilla. Se oyó un suspiro en el ambiente y se quedaron mirándome como esperando una explicación. Tomás, les dije, el pecoso de la calle de arriba me las consiguió. El gordo sonrió mientras botaba con fuerza el humo por su boca. A ése se las regalan en El Diamante. Los mellizos se rieron y pareció como si se quitaran la culpa de tener un álbum flaco. Sabía que ellos querían decirme algo. Alguna cosa horrible que me apagaría el orgullo de las páginas completas. ¿No sabías?, insistió el gordo. Todo el mundo sabe. Qué saben. Lo del antiguo dueño de El Diamante. Que era el papá de Tomás. Que se murió de beber encerrado en el granero. Que no le abrió a nadie durante quince días. Que lo sacaron reventado por dentro. Que también era pecoso. Que un tío se quedó con el negocio. ¿No sabías? Tomé mi álbum y me fui. Las risas de los muchachos se me enredaron en las piernas y me hicieron renguear.

Esa noche la voz de mi insomnio me repitió todo como si narrara una película. Interior del granero a oscuras. Cargas de maíz, fríjol y arroz regadas en el piso. Sólo se oyen las notas de un clarinete que suena junto a la greca del café. Las puertas cerradas. Afuera esperan los hombres que quieren entrar a beber. Un Tomás grande y viejo recostado sobre el tablón del queso con el estómago abierto como el cráter de un volcán. Durante un tiempo no volví a la calle de abajo ni a la esquina de mi cuadra. No quería ver a Tomás  porque no sabría qué hacer ni qué decirle. Pero fue él quien me buscó. Tocó la puerta de mi casa y le preguntó a mi mamá por mí. Lo vi cuando entró y llegó directo a mi cuarto. Estaba serio y bien peinado. En el bolsillo de su camisa se asomaba una cajetilla de cigarrillos. Mañana lunes empieza el mundial, me dijo. Después sacó un calendario del campeonato y sobre la cama empezó a señalar como si fuera un estratega de guerra. Hay que ganarle a Bulgaria el martes. El viernes a Hungría y después… que aparezca Eusebio con todos sus matones portugueses. Los búlgaros eran duros. Los húngaros jugaban bien. Pero decían que Eusebio era mejor que Pelé. Qué va, dijo. Nadie puede ser mejor que Pelé. Vas a ver. Se veía tan tranquilo y tan concentrado en la Copa Mundo que terminé por olvidar lo del estómago de su papá y no me importó mucho que llevara unos cigarrillos en su camisa. Todo debe ser mentira.

El día de la inauguración lo esperé en mi casa. Estuve pegado del radio oyendo la transmisión y fue como si viera de cerca a Mazurkievicz, el arquero de Uruguay,  taparles todos los tiros a los ingleses. Cero a cero. Tribunas decepcionadas. Reina triste. Héroes los uruguayos. Tomás no llegó. Al día siguiente jugaba Brasil contra Bulgaria. Las noticias dijeron que los búlgaros trataron de lesionar a Pelé por todos los medios posibles ante la complicidad del árbitro. De todas maneras Edson Arantes do Nascimento marcó un gol y Brasil dio su primer paso. Tomás tampoco apareció para seguir por radio las jugadas. Viernes, Hungría. Brasil sin Pelé. En el descanso del partido Tomás entró a mi cuarto. Van uno a uno. Seguramente mi hermana le abrió y lo dejó entrar sin avisarme. Desde el piso y con el álbum en las manos lo saludé. Empezó a caminar de un lado a otro. Chocó varias veces con la mesa plegable. Se sentó en mi cama. No me habló durante todo el segundo tiempo. En su camisa tenía los cigarrillos. Antes de que Hungría marcara el tres a uno se fue. Golpeó con fuerza la puerta. Yo me quedé tendido en el piso hasta cuando sentí que mi mamá preguntaba por mí.

Brasil perdió con Hungría pero el mundo siguió caminando como de costumbre. En mi casa nada cambió. Mi mamá cosía en las tardes hasta cuando llegaba la hora de hacer la comida. Mi hermana se pasaba en su cuarto escribiendo en un diario rosado. Mi papá llegaba por las noches cansado y se quedaba dormido en la silla frente al televisor. Yo caminaba por el barrio, jugaba treintayunas, sudaba, regresaba a la casa, encendía el radio y trataba de imaginar a las personas que hablaban más allá del parlante y así poco a poco lograba combatir el insomnio. Casi llegué a olvidar que todavía quedaba el enfrentamiento con Eusebio y sus portugueses. Tomás me lo recordó. Llegó a pedirme prestado el álbum para memorizar los nombres de los jugadores de Portugal. Américo, Carvalho, Simoes, Lourenco, Eusebio da Silva Ferreira. Se parecen mucho a los brasileños, dijo. Va a ser a muerte. El silencio que siguió después de que recorrió todos los nombres me hizo pensar que podría preguntarle cosas de su vida antes de que se levantara del pie de mi cama. Es verdad que tu papá se murió de beber, Se reventó por dentro, Lo encontraron muerto, Qué hiciste cuando te avisaron, Tu mamá lloro, De qué viven, Por qué pateás las paredes, Por qué te vestís como obrero, Por qué te importa tanto lo que le pase a Brasil, Tenés otros amigos, Tenés familia, Estudiás. No me salieron las palabras. Para qué dañar las cosas. Mejor dejarlas como están. Listo, Tomás, vamos a oír juntos el partido del próximo martes. Aquí te espero.

El martes llegó una hora antes del juego. Excitado. Olía a cigarrillo. De pronto me dijo algo que me hizo dudar si en realidad le había hecho las preguntas sobre su verdadera vida. Vamos al barrio mío. Allá lo podemos escuchar en la terraza de mi casa. ¿Seguro? Vamos, pero ya, antes de que empiece. Salí con el álbum en una mano y la pelotica de tennis en la otra. Corrí a su lado, dejamos atrás la esquina donde lo conocí, la entrada a la calle de abajo donde jugué partidos memorables, pasamos El Diamante y sus fantasmas, luego empezamos a subir la loma hacia su casa. Era un paisaje diferente. Las casas tenían las puertas abiertas y desde afuera se veían matas y jaulas de pájaros.  La gente se asomaba por las ventanas, músicas distintas se cruzaban en el aire. Tangos. Bambucos. Baladas. Canciones tropicales. Una mezcla indefinida. Un murmullo. Nadie nos detuvo en la carrera. Me pareció que entrábamos en el territorio de una película. Sentí que vivía una experiencia que nunca más se iba a repetir. Entonces grabé todo en mi memoria, ruidos, olores, los colores intensos de balcones y fachadas, la extraña manera en que Tomás movía sus brazos al correr, sus botas ruidosas en el asfalto cuarteado. Dónde es tu casa. Arriba, muy arriba. Ya estábamos más arriba que los tanques de agua, después de un parquecito donde unos niños jugaban fútbol con un balón roto que daba saltos de sapo. Era el final del barrio. Sólo quedaba un sendero que tal vez llevaría a la montaña con las letras de Coltejer que se encendían en las noches y se veían desde cualquier punto de la ciudad. Tomás empujó con violencia la puerta de una casa de dos balcones. No se detuvo cuando aparecieron unas escaleras oscuras. Subimos. Dos puertas quedaron al lado derecho de nuestra carrera. La tercera estaba al final de los peldaños. Para entonces ya casi había olvidado qué hacíamos allí. Pero cuando pusimos los pies en la plancha de cemento de la terraza, volví a pensar en Brasil, en Pelé y en Eusebio, en su duelo, en la necesidad que teníamos de ganar ese juego. Espéreme aquí mientras traigo el radio. Bueno, andá, yo me quedo.  Cuando estuve solo hubo un silencio de finca. Me sentí extraño en ese lugar. Podía ver la ciudad como una galleta gigante del color de los ladrillos debajo del cielo azul. Lo primero que hice fue tratar de ubicar el punto donde quedaba mi casa. Seguí la dirección de la calle empinada pero me perdí al calcular cuál sería la esquina de El Diamante. Alcancé a pensar en el papá de Tomás muerto en el granero. En esos momentos apareció él con un radio grande conectado de un cable que salía de una de las puertas del corredor de las escaleras. Ya van a empezar, prepárese, me dijo.  Vamos, edsonarantes, le gritó al parlante del radio. Me senté en el cemento caliente al lado de las botas de Tomás. No oigo bien, Tomás. Silencio. No entiendo lo que dicen, Tomás. Cómo que no entiende, escuche los gritos de la gente. No me parecía que se tratara de gritos. De pronto se filtró una voz que dijo claramente, gol. Fue una sílaba alargada y triste. La repitió varias veces en tono de llanto. Era gol de Portugal. Quince minutos, Tomás. Hay tiempo, dije. Silencio. Silencio. Silencio. Desde ese momento supe que el Tomás de esa tarde no era el mismo de siempre. O tal vez por fin pude verlo como era en realidad. Empezó a patear un balón imaginario y a correr por toda la terraza. Me dio pánico pensar que se podría caer al vacío. Tomás, concentrémonos. Traté de sintonizar la emisora y perdimos la señal. Él se arrodilló a buscarla de nuevo. Le temblaban las manos. Me pareció más pecoso que siempre, más flaco, más nervioso. Cuando por fin reapareció la transmisión el locutor gritaba otra vez esa sílaba siniestra. Me dio pesar de Tomás que parecía no creerlo. Están repitiendo, están repitiendo el de ahora. No, Tomás, lo siento, dos a cero. Perdemos, pero todavía hay tiempo. Sí. Hay tiempo, Brasil es Brasil. Vamos edsonarantes, volvió a gritarle al parlante.

Qué pasaría si Brasil llegara a perder. Qué haría Tomás. Mejor irnos de aquí, pensé en el intermedio. Pero él encendió por primera vez delante de mí un cigarrillo. El humo le envolvió por completo la cara y después de unos instantes volvió a aparecer. Los dos estábamos parados en medio de la terraza de su casa. No sabía nada de su vida. Puros rumores. No era el momento de preguntarle nada. Sólo quedaba esperar a que se reanudara el partido. No hablamos. Lo vi fumar en silencio y sentí que de verdad era un tipo muy raro. En esa pausa pensé en el sonido del clarinete que salía como de la greca en el granero cuando fuimos por mi papá. Esas notas eran como es Tomás. La gente puede ser como un pedazo de canción.

El segundo tiempo empezó tarde para nosotros. Yo entendía muy poco lo que decía el locutor. Pero hubo un momento en el que Tomás y yo supimos que Pelé estaba tendido en el suelo. Piernas portuguesas asesinas. El nombre de Edson Arantes no volvió a escucharse. Puros Eusebios. Saltos de pantera. Zarpazos. Pero apareció una esperanza. Fue un gol corto repetido cien, mil, millones de veces. El locutor estaba sin aire pero seguía gritando. Tomás me arrebató el álbum para ver la cara de Rildo, el anotador de Brasil. Cuánto falta. Muy poco. Cuánto. No sé, no han dicho, no entiendo. Sólo entiendo los goles. Tomó mi pelotica de tennis y la pateó con toda la fuerza de su bota derecha. Se me perdió en el azul fuerte del cielo. Qué hiciste. La boté. Era mía. La boté, vamos Rildo, otro. En esos momentos tuve miedo. Pensé que debía irme antes de que se acabara el partido. Caminé hacia la puerta que llevaba a la escalera. Tomás corrió a taparme la salida. Vamos a empatar. Me quiero ir. Vamos a empatar, espérese. Me quiero ir. Quédese, carajo. Esas manos flacas y pesadas me empujaron con fuerza. Retrocedí. No se ha acabado, quédese. Tomás me lanzó un golpe en el pecho, luego empezó a bailar como un boxeador. Vamos, Brasil. Tomás, me quiero ir ya. Siguió bailando y me dio un puño seco en la nariz. Caí sentado junto al radio, al lado de mi álbum. Aturdido. Se me salieron dos lagrimones. El locutor gritó con tristeza por tercera vez. Tomás se arrodilló y se olvidó de mí. Corrí hacia la salida. Bajé las escaleras. Pasé en medio de los niños del balón roto. No me detuve a mirar el interior de las casas con puertas abiertas. Crucé como un rayo frente a las personas que seguían pegadas de las ventanas. El Diamante estaba lleno de señores que hablaban en voz alta. En mi casa estaban mi hermana y mi mamá en sus labores de siempre.

Tardé varios días en salir a la calle de nuevo. No quería encontrarme con Tomás que seguramente estaría arrepentido y me entregaría el álbum que dejé esa tarde en su terraza. Tampoco estaba interesado en ver a los mellizos ni al gordo del castillo ni a los del colegio de los jesuitas ni a nadie del barrio. Me encerré en mi casa a jugar solo. A esperar que fueran las seis de la tarde para que mi mamá sirviera la comida y después sentarnos todos a ver televisión mientras mi papá llegaba. Así me hice un experto en los ruidos domésticos. Aprendí a adivinar qué horas eran de acuerdo con los sonidos de tijeras en la tela, radio que anuncia novelas, puerta del balcón por donde sale mi hermana a mirar hacia el cielo, timbre de teléfono, remolino de licuadora, plancha que pisa duro sobre la mesa, cuchillo en el mesón, ollas, televisor, llave en la cerradura. Memoricé varias canciones del radio y oí muchas veces el mismo sonido del clarinete que me recordaba a Tomás. Empecé a silbar la melodía. Me emocionaba cuando la escuchaba. De alguna manera extrañaba al extraño. Entonces una tarde, apenas empezó a sonar, fui a donde mi mamá y le pregunté, Qué música es ésa. ¿Cuál, la del clarinete? Sí. Se quedó en silencio, luego sonrió. Es una cumbia.

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