EL PLANETA COJO -cuento-

Estefanía tiene las piernas largas, mucho más que cualquier mujer que merezca la pena recordarse. Sus brazos también son largos y hacen juego con la longitud de sus piernas. Sólo hay que verla para decir, esas cuatro aspas son todas del mismo molino. Ella es armónica. El cuello la hace ver más alta de lo que es en realidad. El pelo le crece apretado y cuando ya es una mata visible se esponja y ella debe aquietarlo con trenzas finas que alguien le peina con paciencia. 

 

Estefanía es de Urabá. La gente de allá es alegre y ella baila en la pista cuando no está corriendo o recuperando el aire después de correr. Sus dientes son blancos y grandes como de yegua. Charla con los otros que también deben ser de Urabá. Podrían ser de cualquier lugar donde la gente tiene la piel oscura, de un color café que a veces se ve azul. Pero estos parecen hablar del mar, del agua que cae del cielo en cascadas durante días enteros, de tierras sembradas de banano que las pinta de verde hasta en el rincón más escondido. Ellos dicen cosas como comae, compae, guineo, arró, hablan de la niñalú, del señópalacio y mueven las nalgas como si el viento se las meciera al caminar.

Estefanía tiene los ojos verdes. Una vez la miré de cerca y vi que le brillaban como lamparitas de esmeralda. También tiene los ojos azules. Lo supe cuando nos cruzamos una vez en la puerta del estadio. Yo entraba y ella salía con los morenos de Urabá. También los tiene cafés, a juzgar por la fotografía que salió en la prensa después del campeonato departamental de atletismo.  Estefanía es la promesa nacional. Corre como un venado y yo me quiero morir cuando la veo tomándoles cien metros a las otras morenas que la siguen a punto de desmayarse.

Ella no se da cuenta que yo vengo a la pista siempre que entrena. Me pongo una  pantaloneta negra, los tenis con visos naranja que alumbran en la oscuridad, una camisa que a veces es azul o amarilla o verde o roja. Yo también cambio de colores como los ojos de Estefanía. Espero con tranquilidad el momento en que los corredores aficionados podemos entrar a usar el carril más externo, sin molestar a los morenos que siempre ganan las competencias nacionales. Ella no me ve a pesar de que mi camisa brilla en un extremo de la pista. Yo siempre la veo pasar como un relámpago negro seguida de una cola de competidoras.

Estefanía parece que no me recuerda o por lo menos aparenta total indiferencia cuando me ve. Es como si nunca me hubiera visto. Yo en cambio sí me acuerdo de ella desde cuando llegué a la zona a prestar servicio militar. Cuando la vi por primera vez en la pista potrero de su pueblo en Urabá era una mascotica de cuello largo que daba zancadas desalineadas. A veces un pie se le chocaba con el otro y los brazos parecían marionetas sueltas. Siempre llevaba la cabeza derechita que sobresalía en la fila de corredoras. La conozco desde hace tiempos y varias veces corrí a su lado cuando me la encontraba en el camino al batallón. Las veía venir. Era una fila de negritas iguales de flacas todas y Estefanía siempre encabezaba la formación. Las demás movían la cabeza para los lados pero ella era como una ramita fuerte. Me les pegaba desde la orilla opuesta de la carretera que en realidad era un camino con un tapete de majagua, esas hojas que les salen en el tallo a las matas de banano y que sirven para sostenerse los pantalones como si fuera una correa, para juntar yucas y montarlas en la bicicleta, para asegurar puertas que se están cayendo en la casa, para colgar racimos de plátanos en el techo de la cocina y para amarrar secuestrados. Yo también era de piernas largas. Ahora sólo tengo una porque la otra se me quedó en Urabá en una mina quiebrapatas. Era de esas destrozadoras. Me la partió en pedacitos cuando íbamos en un particular de parranda para Necoclí y mis lanzas no pudieron recoger todas las astillas de hueso. Yo les dije cuando se arrimaron a cargarme, dejen esa pata ahí, güevones, y sáquenme rápido de este mierdero. Después se me fue el mundo.

Antes de la mina yo corría tanto como Estefanía. Después de la mina dejé de correr. Me trajeron a Medellín para operarme y desde ahí se me acabó la vida. Mientras me acostumbraba a vivir sin mi pierna derecha fumaba, miraba televisión y a veces lloraba. No me importaba que me vieran triste y empezaran a señalar mi pierna mocha. Como no podía correr entonces me quedaba mucho tiempo libre y lo aprovechaba para hacer crucigramas, mirar porno en el computador de mi hermanito y me aburría. Yo creo que en todo este tiempo fue que Estefanía me olvidó.

Cuando a uno le quitan una pata piensa más que cuando tiene las dos completicas. Y el nombre que siempre aparecía cuando me sentaba a fumar y a pensar era el de Estefanía. Ordené en mi cabeza todo lo que sabía de ella y eso me ayudó a conservar su recuerdo intacto hasta el momento en que pudiera volver a verla. Sé que se llama así porque el abuelito de ella leía novelas de vaqueros que vendían en las calles de Turbo. Eran los libritos de Marcial Lafuente Estefanía. Suena bien Estefanía y no es nombre de hombre sino de mujer. Entonces la dejaron así: Estefanía. Supe también que yo no era el único que iba a la potrepista a verla correr. Unos tipos de arriba bajaban al pueblo a emborracharse y se aplastaban a mirar piernitas y nalguitas en la manga donde entrenaban. A la que más miraban era a Estefanía. Ella daba vueltas y vueltas y cuando pasaba junto a ellos le decían pa quién está guardando todo eso mi amor, y se reían, yo la espero hasta que acabe de crecer mamita, y se daban palmadas en la espalda pero la negrita muy seria ni los miraba. Eran los del frente de la serranía que siempre bajan a sacarse el monte del alma. Uno los alcanza a entender porque eso de comer micos y culebras, cocinar sin sal y sin dulce, dormir en lo mojado, estar todo el tiempo en la selva con los animales lo va volviendo a uno otro animal. Pero peor. Mucho peor que ellos porque los animales no saben que afuera hay otro mundo con negritas como Estefanía y saber eso hace más difícil aguantar la soledad húmeda sin desesperarse. Ellos iban saliendo en grupitos de tres máximo. Así daban toda la vuelta los del frente. El único que se quedaba allá enmontado era el bandido negro jefe o el jefe bandido negro o el negro hijueputa ese que seguro recibía los informes de los que volvían del pueblo después de tres días de beber y putear. Sólo le interesaban las noticias de Estefanía. Quién sabe qué traumas tuvo en la infancia para obsesionarse tanto con los cuentos de las piernas de una negrita así de chiquita. Pues sí señor. Empezó muy decente dizque mandando mercados a la casa de Estefanía. Que de parte del comandante. Como si cualquiera pudiera llamarse comandante. Comandante mi capitán que sí sabe de la milicia. Pero ese negro qué iba a ser comandante de nada. Jefe de bandidos y no más. Comandante es el que ha estudiado y se ha jodido para aprender a mandar a la tropa. Pues sí. Siguió mandando gallinas que les robaba a otros más pobres, chivos expropiados en el monte, cerdos y toda clase de mercancías malhabidas. Después pasó a mayores. La mandó llamar para que corriera con unas guerrilleras gordas y las humillara en dos vueltas completas al campamento. Después le dijo que bailara para él un danzón cubano que le gustaba mucho. Esa vez la devolvió cargada de carne para la familia. Lléveles a los suegros, seguro fue lo que dijo cuando la montó en ese caballito flaco para que la llevaran al pueblo de regreso. Estefanía no se asusta por nada. Venía tranquila abrazando el atado de carne, pensando en quién sabe qué, andando al ritmo que le marcaba el guerrillo que llevaba el cabestro y cuando nos vio aparecer en una curva ni siquiera se mosqueó. Parecía que le daba lo mismo cualquier cosa que pasara, sólo apretaba con fuerza el paquete de carne y dejó que el bandido se fuera corriendo y que nosotros nos acercáramos a preguntarle de dónde venía y por qué estaba con ese. Vengo de arriba y no sé nada del señó que salió corriendo. Esa vez me vio de frente cuando me le acerqué y le dije que ya estaba en manos del ejército nacional. Le daba lo mismo estar en manos de nosotros que en las manos del negro. En cambio a mí sí me cambió la vida haberla tenido tan cerquita. Lo digo ahora después de tanto tiempo que he tenido para pensar mientras me acostumbraba a mirar mi pierna recortada. Al principio no se me pareció en nada a la que siempre iba delante de las competidoras en todas las carreras. La que me encontré en ese rastrojo perdido del mundo era una flaquita de piel ahumada y sin brillo en los ojos. Al verla me acordé de un operativo que hicimos en un barco pesquero de bandera venezolana frente a Turbo. Nos mandaron a detener al capitán porque llevaba niñitas prostitutas que había recogido en Cartagena. Alguien lo sopló. Un marinero sapo o algún chulo que se sintió estafado en el negocio y decidió aventarlo a las autoridades. Yo subí a bordo con mis lancitas que no cabían de la emoción y se atropellaban por agarrar de primeros la escalera. Los excitaba la idea de rescatar a unas puticas en altamar pero mi comandante dijo, Al que las toque le hago consejo de guerra. Todos nos calmamos y entramos a buscar. Pues sí. Las encontramos en la cocina. Unas estaban pelando papas y otras se mecían en hamacas colgadas en el balcón. Yo las hice filar y les dije que se numeraran. Se pararon muy juiciosas una al lado de la otra pero no pudieron con la numeración. Entonces yo grité, una, dos, tres, hasta ocho. La octava era una ratica negra que no era capaz de pararse derecha y parecía a punto de desmayarse. Los marineros pasaban junto a ellas y se reían. Me dieron ganas de pegarle a cada uno su buen pepazo de fusil a quemarropa. No sé por qué me vino ese recuerdo cuando me le arrimé a Estefanía que estaba toda despeinada y con olor a monte en el cuerpo. Esa fue la última vez que la vi en Urabá.

Todo lo demás lo supe porque me lo contaron y no porque yo lo viera con estos ojos que se salvaron de la gusanada porque mis lanzas queridos me sacaron de allá y me alcanzaron a llevar al puesto de salud y después me embarcaron en un avión de Satena. Ya dije que mis lanzas y yo íbamos para Necoclí en un particular y no en carro oficial porque estábamos de rumba. Ellos cantaban todas las canciones que sonaban en el radio del particular y yo miraba a las muchachas que caminaban por ahí. Tenía la esperanza de que alguna de ellas fuera Estefanía y me saludara. Seguro se acordaría de mí, del soldado con las dos piernas completicas que trotaba junto a ella por la otra orilla de la carretera mientras la miraba sin quitarle el ojo. Colorado, el de Guarne, me dijo, lanza hacé vos el favor y bajate a comprar media de guaro en esa tiendita de allá. ¿La de allá? Sí, la de allá, la del otro lado de la quebrada, es pa no dar la vuelta en el carro, nosotros esperamos aquí. Venga pues, pero entonces yo no pongo billete. Tranquilo, nosotros invitamos, pero andá que las hembritas no nos esperan mucho. Cuando me bajé sentí el viento en la cara y pensé que algo me iba a pasar. En esos caminos no ventea mucho y cuando lo hace es porque el diablo anda suelto. Caminé hacia la tienda de allá, como me dijo mi lanza Colorado y volteé la cabeza para mirarlos en el carro. En esos momentos se abrió la tierra y voló mierda al zarzo. Yo sabía que algo me iba a pasar. Me dieron ganas de llorar porque mi pata había volado junto con toda la mierda de los alrededores y quién sabe qué iba a pasar conmigo. Lo demás ya lo dije. Cuando desperté en el hospital no podía dejar de pensar en ese negro que seguro fue el que puso la mina y en Estefanía sola en esa región a merced de los bandidos. Se me metió en la cabeza que mi pata perdida tenía relación con la suerte de la negrita. Pues sí. El bandido negro que se hace llamar comandante se la volvió a robar pero esta vez fue a las malas. Una noche mientras yo lloraba por mí llegaron los tipos a sacarla de la casa. Amarraron con majagua a los papás y se la llevaron a ella también amarrada para que no se les volara. La montaron en un campero que se perdió por esos caminos que atraviesan las fincas de banano y a medida que avanzaban se iba cerrando otra vez el paisaje. Nadie dijo nada. Ni siquiera los papás cuando unos vecinos los desamarraron. Todos se sentaron a esperar las órdenes del comandante de mierda y así fue como después de casi un mes volvió la negrita convertida en otra mujer muy distinta a la que se había ido.

Yo debía estar en el hospital acostumbrándome a ver una pata distinta a la que todavía sentía entera desde la rodilla hasta la punta del pie. Era una mocha envuelta en gasas que no sabía cómo reaccionar cuando el resto del cuerpo quería caminar. Era como si dijera no me acosen, déjenme tranquila. Ya dije que lloraba mucho aunque la gente me viera. Pero es que todos los soldados llorábamos mucho en esos pabellones. De noche uno sólo oía llantos, gemidos, griticos y cuando amanecía nadie quería hablar. Todos callados como si la lengua también hubiera pisado una mina quiebrapatas. Y mientras los soldaditos despiernados nos consolábamos viendo pasar enfermeras bonitas Estefanía empacaba su ropa en una bolsa de plástico y se despedía de los papás. Ellos creyeron que afuera la estaba esperando el negro bandido pero no, agarró un bus para Medellín y les dijo adiós a ese pueblo de mierda y a todos sus guerrillos.

Pues sí. Yo la armé con pedazos de recuerdos. En mi cabeza ella daba vueltas a la potrepista y yo iba detrás sin preocuparme de no tener sino una pierna. Por eso dejé que en el hospital me pusieran una prótesis que me tallaba como un demonio y me sacaba sangre en el muñón. No importa, la sigo hasta el fin del mundo, era lo que pensaba cuando se me aparecía la negrita corriendo. Aprendí a manejarla como si fuera una pierna de verdad y hasta soñaba que nadie se daba cuenta de que era falsa. Dejé de ver porno en el computador de mi hermanito y empecé a salir a la calle a jugar fútbol con los vecinos. Entrené con ellos hasta que el balón y el pavimento me formaron un callo duro y dejé de sangrar. Corría, amagaba, chocaba, lo único difícil era saltar. Ahí me quedaba como pegado del piso y entonces preferí volver a correr a ver si algún día me encontraba con Estefanía. A uno le hace falta tener en quién pensar. En el hospital yo cerraba los ojos cuando ponía la cabeza en la almohada y hacía memoria. Recordaba a las enfermeras que me habían atendido en el día, les buscaba los labios y sentía otra vez el olor al antiséptico. Pensaba hasta en las monjitas tan queridas. Pero no era suficiente. Mi espíritu se iba otra vez para Urabá. Recorría esos campos sembrados de verde, rodeaba ríos, atravesaba fincas, caminaba por trochas, sentía la música y oía a las mujeres cantar en las quebradas mientras lavaban la ropa. Andaba caminos conocidos y por fin aparecía. Pasaba como el viento por mi cama y me dejaba feliz. Sólo así me podía dormir tranquilo. Esas son cosas del destino. Nadie tiene la culpa de que sólo pensara en ella.

Averiguando con los lanzas trotones del batallón me dijeron que en el estadio, al lado de donde juegan fútbol rojos y verdes, había una pista nueva y por las tardes entrenaban unas negritas muy alegronas. Me fui a verlas, a buscarla entre las morochas de pantalonetas ajustadas que se les metían lo más de bueno entre las nalguitas. Pegado de las rejas las vi pasar una vez, otra vez, hasta que la distinguí. Allá iba ella. Derechita, rapidita, la misma de la potrepista, y yo sentí que me hervía la sangre.

Empecé a ir todos los días a esperar que abrieran un carril para la gente común y corriente. Ahí entraba yo con mi mocha. La gente me miraba al principio pero después se olvidaban de mí y me dejaban correr tranquilo. Estefanía seguía entrenando, haciendo unos piques tremendos con los que molía a las otras corredoras y las dejaba viendo un chispero. Ella ni siquiera me miraba cuando yo pasaba por el carril ocho que es el de más afuera. Desde el uno no se daba cuenta de que me temblaba hasta la pierna de mentiras por la emoción de verla en esa oscuridad del estadio a media luz. Yo me metía en esas sombras que dejaban los reflectores apagados y volvía a aparecer al pasar por los que estaban encendidos. Siempre llegaba a la hora en que ella y sus amigas ya habían terminado el entrenamiento serio. Me tocaba verla bailar y las demás le hacían rueda. Yo me quedaba hasta cuando no podía dar un paso más o hasta cuando apagaban del todo las luces.

Ahora estoy más entrenado. La mocha no me molesta, me deja correr y me puedo concentrar en los movimientos de Estefanía que se desliza por el carril uno. Ella es el sol y yo un planeta. Los dos nos mantenemos en la trayectoria sin salirnos ni por un momento. Los planetas están condenados a girar alrededor del sol. Ella es mi sol brillante y veloz, yo soy su planeta cojo. Nunca voy a poder estar más cerca. Lo más cerca que puedo tenerlas es cuando la tengo a tiro desde mi carril, pero no podría arrimármele más. Lo que he visto me basta para saber que ha cambiado. Los huesos son más fuertes, las nalgas firmes y anchas, los muslos gruesos. Seguro de ahí le sale esa fuerza a la hora de impulsarse en la pista para dejar atrás a todo el mundo.

Pues sí. Estefanía hoy es una negra bastantona que de lejos todavía se ve como la potranquita que yo conocí hace algunos años. Las mujeres se engruesan cuando tienen hijos pero mantienen los mismos gestos de siempre. Ella corre como si estuviera en el pueblo y no parece una mamá aterrorizada. No puede ser que Estefanía siga unida al negro bandido desde ese tiempo en que yo era un soldado entero. No me cabe en este cuerpo incompleto la idea de que ella le haya tenido un hijo a ese animal y que en cualquier momento él pueda mandar  a buscarla para llevársela para el monte otra vez. Si se atreven a venir los tipos del frente de la serranía yo voy a estar listo para defenderla. De seis a diez, mientras yo esté aquí, no podrán tocarle un dedo. Les llevo ventaja porque ellos no sospechan del cojo que siempre viene a darle vueltas a este estadio. No saben que soy un soldado del glorioso ejército nacional. No se imaginan todo lo que estoy dispuesto a hacer para protegerla. No saben que me volví experto en dolores y en soledades. Yo puedo esperar el tiempo que sea. Mientras tanto me entreno y cada vez me vuelvo más corredor. Ya hago parte del paisaje de la pista. Nadie se molesta si me ve entrar con mi maletín donde guardo zapatillas, camisa y pantaloneta. No se asustan cuando me bajo los pantalones y aparece esta pierna de muñeco. Nada. Todo normal. Ya me aceptan. Hasta Estefanía me acepta sin saber quién soy. Tal vez aparenta no conocerme. Se ve tranquila cuando pasa a mi lado. Yo en cambio tiemblo como un quinceañero y tengo que tomar aire para no ahogarme. Después me recupero y sigo patrullando por mi carril ocho, el de los comunes y corrientes. Corro al lado de oficinistas gordos, estudiantes de gafas, señoras que van conversando lo más de normal, nadie se detiene, nadie se pregunta qué me impulsa, nadie sabe que soy apenas un planeta cojo y que sólo giro alrededor de mi sol.

 

06.17.14 Comment count Hits: 1288 Written by Juan Diego Mejía Category: Cuentos
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