EL RIO QUE HA VISTO TODOS LOS MUERTOS (2005)

(Texto leído en el Museo de Antioquia durante la  presentación del libro Metropolivisón, de Dora Mejía)

A una buena amiga mía se le mató un hermano en un accidente. La noche en que me enteré de la tragedia fui a su casa a acompañarla con el temor de no saber qué decirle.  Admiro a los que tienen la frase perfecta para el momento, la mirada apropiada, el gesto de pesar y solidaridad. Creo que esas cosas las van dando la edad y el mundo recorrido. Mientras tanto, los amigos aprenden a soportar las torpezas de uno. 

Esa noche su casa estaba llena de gente.  Todos hablaban en voz muy baja, tomaban café, fumaban, cruzaban los brazos y movían la cabeza en señal de desconcierto. Mi amiga estaba rodeada de personas mayores y tuve que esperar un rato para saludarla y abrazarla.  Cuando lo hice me dijo al oído, Se lo robó el río, dónde estará el pobre a esta hora.  Ahí entendí por qué no había cadáver ni flores ni cirios encendidos.

La noche de su muerte, el hermano de mi amiga conducía un carro muy veloz y sus reflejos estaban dormidos por el exceso de aguardiente.  Iba por la autopista y cuando pasó por la Plaza de Toros se distrajo, tal vez recordando una corrida reciente, y perdió el control del carro.  Cayó al río y nunca más salió. La noche en que fui a su casa era la segunda que pasaban en vela preguntándose Dónde estará el pobre a esta hora.  Ya habían llorado mucho, el médico de la familia trabajó duro para calmarlos a todos y cuando yo llegué se sentía una extraña calma.  Ya no se hablaba del difunto sino de su asesino.

De las bocas de los más viejos empezaron a salir historias que hablaban del río como era antes. Entonces oí decir que en otro  tiempo se podía pescar sabaletas, navegar en barcos pequeños, bañarse en grupo, dormir en su orilla sin temor a los olores. También dijeron que no era recto como es ahora sino que tenía meandros que lo hacían más temible en épocas de invierno. Y yo traté de recordar la primera vez que tuve conciencia de que el río existía.  El recuerdo más antiguo es el de un primo de mi mamá que tenía un camión en el que sacaba arena de su lecho.  Los hijos de ese señor eran fuertes y tristes.  Cuando íbamos a visitarlos se escondían en las habitaciones y no salían hasta que toda mi familia se iba.  Después supe que sentían vergüenza por ser paleros, una prevención que yo no entendía porque esa forma de vida me parecía de película.  Cada vez que pasaba por la autopista creía ver el camión del primo de mi mamá metido casi hasta el centro del río.  Era un planchón de tablas rojas y azules al que le brillaban las latas con los rayos del sol.  Los que trabajaban sacando arena siempre estaban con el agua hasta la cintura.  A pesar de que pasaron los años y la vida en Medellín cambió sustancialmente, el camión con los paleros sigue parqueado allí en alguna efímera playa del río. Es otro planchón y son otros hombres los que vemos hoy, seguramente, pues no volví a saber nada del primo de mi mamá y de sus hijos. 

Esa noche, en el velorio sin cadáver del hermano de mi amiga, pensé que el río era el habitante más antiguo de esta ciudad.  Estuvo ahí antes que todos los muertos del cementerio y, si pudiera hacerlo, contaría la verdadera historia de Medellín.  Pero los ríos no hablan ni se detienen, sólo avanzan con sus secretos. Por eso muchas preguntas se quedan sin respuesta, y con el paso del tiempo las cosas ya no son como ocurrieron sino como la gente las recuerda.  ¿Quién nos habla hoy del heroísmo de los indígenas que poblaban este valle a la llegada de los españoles? ¿Cuántos de esos primeros antioqueños se ahorcaron a la orilla del río para no entregarse a los conquistadores? ¿Quién los lloró? ¿Después de esos primeros muertos colgados de los árboles cuántos más cayeron a las aguas del Medellín? Habría que guardar cifras grandes para contar los asesinados en la época de Pablo Escobar y reservar otros números importantes para narrar el tiempo del conflicto armado que se vivió en las calles de la ciudad.  En los últimos veinticinco años fueron muchos los cuerpos recogidos. Sólo en 1991 murieron más de seis mil personas en las calles, en las mangas, en las orillas del río. Jóvenes casi todos que dejaron este mundo antes de tiempo, aniquilados por la locura de una ciudad que perdió el rumbo cuando le propusieron dinero fácil y vida de vértigo. El río debe estremecerse al saber que casi nadie se pregunta por qué llegamos a esa situación infernal que nos puso una cruz en el mapa mundial.  Debe llorar porque los medellinenses seguimos empeñados en echarle tierra al pasado y adormecernos para no pensar. 

Medellín tiene derecho a reflexionar sobre su vida. No sólo sobre las anécdotas de la pesca de sabaletas en el río sino sobre los hechos que más nos duelen. Eso es lo que hace Dora Lucía Mejía con su libro Metropolivisión. Su propuesta de recorrer el eje del río y desde el Metro ir descubriendo una a una las capas ocultas de nuestra historia es una bella metáfora que debería llevarnos más cerca de la verdad, y mostrarnos lo que somos como ciudad. En ese viaje, desde los vidrios de la modernidad, vemos una ciudad que ha ido transformándose físicamente y que se empeña en esconder los hilos secretos de la memoria. Como una arqueóloga reconstruye la mirada de siglos atrás y nos va mostrando señales que quedaron después de los años, cuando los habitantes de otras épocas ya desaparecieron y no hay nadie que conteste a las preguntas. Allá encontramos las voces de quienes alguna vez pensaron que el río debía ser el centro de un gran parque lineal por donde pudiéramos transitar a pie no sólo los domingos de siete de la mañana a una de la tarde. ¿Por qué se silenciaron esas voces? ¿Quién se opuso a que hoy la ciudad tuviera caminantes sin el acoso de los carros?  Tal vez esas preguntas siguen sobrevolando el aire de Medellín y quizás por eso la gente se vuelca instintivamente sobre el corredor oriental  del río cada vez que llega la navidad, o cuando se proponen eventos en ese sector. Es como si las voces que defendieron ese pedacito de ciudad para los caminantes despertaran y de nuevo se oyeran convocando a la multitud. 

La expedición arqueológica de Dorita Mejía nos pica la curiosidad y nos hace preguntarnos ¿Qué clase de ciudad heredamos? ¿Cuál es la ciudad que podemos construir? Basta pensar qué tenemos hoy a cambio del gran parque lineal en el río Medellín que una vez pensaron don Ricardo Olano y el maestro Pedro Nel Gómez, entre otros. Una vía rápida por donde vuelan veloces los carros que pisan una y otra vez a los fantasmas de los peatones muertos y pasan de largo cuando alguien pierde el control y se hunde en las aguas sucias del río.  Esto nos da la idea de cómo se ha resuelto tradicionalmente el dilema Andenes o calles. Los administradores han decidido por el presente y por el futuro, por ellos y por los ciudadanos de a pie.  Han elegido parecerse a las grandes urbes estadounidenses en donde los caminantes no existen o creen que no merecen existir. Por eso escondieron la suciedad de la quebrada Santa Elena y echaron a andar los carros sobre el pavimento que la cubrió. ¿Y dónde quedó la poesía?, ¿Qué pasó con la estética del Paseo La Playa con sus puentes sobre el agua?,   pregunta Dora Mejía. Quedó atrapada en la canalización de la quebrada, en la rectificación del río, en su olvido, Dorita, está debajo de la vida cotidiana. 

Lo que me gusta de Metropolivisión es que propone precisamente mirar la ciudad moderna con ojos de poesía.  Es una salida que nos puede llevar a entender lo que heredamos como hechos cuestionables y no como legados de prohombres infalibles. Es una propuesta de una gran potencia que nos recuerda el poder del pensamiento libre, un argumento para las nuevas generaciones de administradores públicos que aspiran a recomponer el rumbo de la ciudad.  Si éstos quieren acertar deberán preguntarse más a menudo quiénes somos los medellinenses y cómo hemos cambiado desde cuando los habitantes originales de este valle prefirieron ahorcarse antes que ser esclavos.
10.23.13 Comment count Hits: 1676
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