Entrevista

Created on Saturday, 29 October 2016 14:38 Hits: 205
Adiós a la solemnidad: 'Soñamos que vendrían por el mar' de Juan Diego Mejía El escritor antioqueño acaba de publicar una novela ambientada entre el final de la década de los setenta y el principio de la de los ochenta. La militancia de un grupo de muchachos de izquierda se convierte en la posibilidad de indagar por un pasado generacional de una manera muy lograda y poética. Esta es una entrevista del periodista y fotógrafo Esteban Duperly sobre la novela Soñamos que vendrían por el mar, para la revista ARCADIA. Octubre de 2016. Juan Diego Mejía y sus novelas son una misma cosa: sobrios, sencillos, silenciosos. Casi espartanos. A veces casi invisibles. Sobre ellos se extiende, como un sudario, una melancolía vaga e incurable. Juan Diego es como un monje laico. No fuma. Desde hace varios años casi no bebe licor —dice que un guayabo le quitaría mucho tiempo—. Se va a dormir temprano y cada mañana trota entre 8 y 9 kilómetros. Los fines de semana agrega un par más. Se viste siempre igual; no con la misma ropa pero sí de la misma manera: las mangas de la camisa dobladas hasta los codos, jeans —la camisa dentro de los jeans— y anteojos para ver. Nada más. No hay accesorios, no hay añadiduras. En apariencia no hay vanidad; solo está lo fundamental y lo necesario. Así es también su prosa. Habla de manera tranquila, tanto en el tono como en la forma, aun en momentos de tensión. Ese mismo timbre y esa velocidad, sin variaciones, también le sirven para hacer chistes negros u observaciones exigentes. Es riguroso y perfeccionista, a veces rígido y severo, pero es paciente con los otros y nunca se impone. Tiene esa afabilidad de los tímidos que, tras mucha lucha interna, finalmente llegaron a buenos términos con su propia timidez. Así como su discurso es su literatura, compuesta por cuentos y novelas donde, a menudo, él mismo es el protagonista. Sin embargo, acaba de publicar Soñamos que vendrían por el mar, una historia que protagoniza un personaje de ficción. Pero es un truco: en realidad esta novela está basada en los recuerdos del autor en la zona bananera a final de la década del setenta, a donde Mejía llegó cuando tenía 25 años, militaba en la izquierda y estudiaba Matemáticas en la Universidad Nacional. Fue a vivir allá para, como él mismo dice, “hacer la revolución”. Allá se mezcló con los obreros de las bananeras y los campesinos. Y de allá salió, casi cinco años después, rechinado por el sol y decepcionado. Esa es la historia que cuenta el libro: la suya propia y la de otro puñado de muchachos iguales a él, aunque pasada por el tamiz de la ficción. En el epígrafe el autor advierte que nadie debe sentirse retratado. En sus novelas anteriores el protagonista era un personaje llamado Mejía, que evidentemente es usted. Aquí, sin embargo, hay un nuevo narrador. ¿Qué sucedió de distinto a la hora de escribir este libro? En esta novela hice un esfuerzo por alejarme. Aquí hubo un rompimiento. Desde lo último que publiqué, en 2008, había estado ensayando varios temas pero todo me salía muy flojo. Y en todos estaba ese alter ego mío, que es Mejía. Estaba cansado de hablar de mí mismo, había dicho tantas cosas sobre mí que ya no me parecía interesante. Yo quería contar la vida de alguien más. Jaime Echeverri, un amigo escritor, me dio un consejo: me dijo que ensayara a escribir algo contrario a lo que yo era. Entonces me puse a pensar en un tipo bien astuto, aventurero, de la noche; de mundos desconocidos para mí. Pero tampoco funcionó. Sin embargo, más adelante sentí que había llegado de nuevo un momento para hablar de este tema grande que traigo desde hace tantos años, que es el tema de una generación que quiso hacer la revolución y fracasó. Esta vez, para hacerlo, decidí crear a un personaje que no fuera yo. Creé a Pável, un actor de teatro que se parece mucho a alguien que admiré y quise mucho en esta ciudad. Escogí a ese actor y lo doté de todas las características que le conocí. Sin embargo, las personas son tan complejas que comencé a quedarme cortico y a sentir que no conocía suficiente a Pável, y tuve que sacar cosas mías para ponérselas. Muchos aspectos, sobre todo el pensamiento, el interior de Pável, soy yo. Es inevitable una ley de atracción entre personajes y autor, que los hace terminar en la misma órbita. En la contratapa del libro hay una corta reseña escrita por Laura Restrepo, quien también hizo parte de esa generación desencantada. Tomando prestado de ella ese título famoso, ¿esta novela suya es la historia de un entusiasmo o es la historia de una desilusión? Es la historia de una ilusión. Incluso el título lo sella: Soñamos que vendrían por el mar. Reflexiono mucho cuando me hacen esa pregunta: ¿qué es lo que hay en esta novela? ¿Sí es una desilusión? Y vuelvo y concluyo que no, que es todo lo contrario: esta historia es sobre un acto de amor. De hecho, inicialmente la novela se llamabaPerdónalos, Carlos Marx, pero lo cambiamos porque sonaba a traición, y lo que realmente ocurre en esta historia es un acto de amor. Por eso en la parte final aparece una alusión a De hombres y ratones, la novela de John Steinbeck. Cuando Pável finalmente regresa ‘de la zona’ a Medellín, tan confundido, con ese debate interno, se encierra a hacer una adaptación teatral de esa novela y ahí encuentra la solución a su drama: darle una salida honrosa al marxismo. ¿Qué hago con mi compromiso político?, se pregunta, y Steinbeck le da la clave: matarlo, como un acto de amor. Esta novela gira en torno a un grupo de muchachos que se van al campo a trabajar con la gente —con las masas— mientras esperan que les lleguen unas armas. Pero esas armas nunca llegan. ¿Ese aparente fracaso es en realidad una salvación? Totalmente. Que no lleguen es un descanso. En uno de los primeros capítulos, uno de los personajes cuenta cómo se ganaba la militancia en los años sesenta, que era por medio de pruebas al valor. Por ejemplo, a Camilo Torres, quien se menciona mucho en la novela, le dicen que solo va a tener un fusil cuando sea capaz de recuperar uno en un combate. Mientras tanto le dan una pistolita para que se defienda. Y él, en un candeleo, ve la oportunidad de tomar el fusil de un soldado muerto. Se lanza a cogerlo y ahí lo matan. Camilo Torres no alcanzó a disparar nunca. Lo que quiero decir es: ¿qué habría pasado si Camilo toma esa arma? Tal vez se hubiera convertido en un comandante guerrero, y en la guerra la gente hace cosas horribles. Quizás a él lo salvó ese disparo. A estos muchachos los salva que las armas no llegaron nunca, porque sin la menor duda las habrían disparado. Todos habrían cometido actos horribles, y quien sabe si yo hubiera querido escribir una novela sobre eso. Esta historia es una suerte de tercer tiempo, de tercer movimiento de un tema recurrente en su obra. Sin embargo, la elaboración literaria que logra en este libro es mucho más notable que en sus novelas anteriores. ¿Se debe a que es un tercer intento? No creo que tenga que ver con el tema, sino con una evolución lógica de quien ha estado trabajando mucho tiempo: desde 1981 que llegué de mi experiencia revolucionaria, no he hecho sino escribir. Por supuesto he seguido trabajando en matemáticas y en sistemas, y haciendo cosas para vivir, pero realmente lo que he hecho es escribir. Así que lo único que me debería exigir el mundo es que haya aprendido alguna cosa. No sé cuánto he aprendido, pero sí siento que en este libro hay un paso adelante en mi poética, en mi estética. Los otros libros que había escrito sobre este mismo tema están todavía muy marcados por unos sentimientos de desquite. Estuve en ‘la zona’ desde el 78 hasta el 81, y cargaba con el lastre de esa vida tan intensa, del que tenía que ir descargándome. Lo intenté hacer en los cuentos del 82, después en la novela del 91,A cierto lado de la sangre, y después en la otra novela de 2003, El dedo índice de Mao, pero todavía seguía vivo. En esta ya no había eso; lo que me interesaba era el personaje. Tantos años me han servido para que sean personajes y escenarios los que le muestren al lector lo que quiero decir. A pesar de que usted vivió esa época y esa militancia de una manera tan personal, la novela tiene un subtexto en donde usted se burla, muy a su manera, de todo aquello. Sí. Aunque en realidad lo que trato es de quitarle solemnidad. He tenido que luchar toda la vida contra la solemnidad. Las líneas de pensamiento político de la izquierda son como iglesias. Incluso hay palabras que no se pueden mencionar. Por ejemplo: “combinar las formas de lucha” es del partido comunista. ¿Y quiénes son ellos? Los prosoviéticos. Entonces ninguno que haya leído a Mao Tse-tung, un prochino, puede decir “combinar las formas de lucha”, ni se puede equivocar cuando menciona a un autor. En esa época se endiosaba a Stalin. ¿Vos podés creer que fuera posible endiosar a semejante tirano? Y todo eso se hacía porque la línea correcta decía que había que admirar a Stalin, de quien, incluso, se decía que había matado a muy poquitos. Que se le quedó mucha gente viva [se ríe]. Estábamos locos. En esa época yo no me burlaba de nada de eso, pero con el tiempo he adquirido el derecho a ver las cosas en perspectiva y ahora pienso “cómo éramos de bobos”. Así que vale la pena burlarse de uno mismo y me sirve para exorcizar. Me deja muy tranquilo no sentir odio sino cariño por todo eso. Escribir desde el cariño libera mucho. Soñamos que vendrían por el mar se desarrolla en un época bastante conflictiva. Se menciona, incluso, el estatuto de seguridad y hay varios personajes que mueren. Sin embargo, esta no es una novela violenta o sobre la violencia. ¿Cómo evitar esa tentación de narrar lo truculento? Es cierto, la historia es todo lo contrario al momento de la acción. Tal vez es porque en realidad esta novela es el prólogo a una guerra que pudo ser y que al final no fue. Este grupo de muchachos que narro al final no vivió la guerra… aunque luego la vivieron otros… Siempre traté de que la violencia no estuviera en primer plano, sino que fuera una referencia. La novela tiene la intención de narrar una ilusión, y una ilusión no se cuenta con disparos ni con sangre, sino muy desde el alma. Desde los vivos. * La pasada noche del 13 de octubre, el tímido Juan Diego Mejía pensó que nadie iría a verlo presentar el libro. Desde las 4:00 de la tarde era un alma en pena. Quienes le dieron la mano dijeron que estaba helado. Pero la sala se llenó y habló durante cerca de una hora sobre ese desencanto mayúsculo que rodea sus días como militante de izquierda y su posterior regreso a Medellín, y que a pura fuerza de artesanía, de carpintear frases, transmutó en una bella novela. Tal vez, al igual que con su timidez, tras mucha lucha interna, el autor ha llegado finalmente a buenos términos con su propio pasado.
Soñamos que vendrían por el mar SOÑAMOS QUE VENDRÍAN POR EL MAR -Capítulo primero-

La novela y la libertad -Texto leído en el coloquio de literatura en Trinidad (Casanare) 2016-

Written by Juan Diego Mejía Category: Artículos y conferencias Created on Tuesday, 27 September 2016 02:25 Hits: 213
  En Colombia, como en todos los países del mundo, existe un relato dominante construido por quienes controlan el Estado. La Historia que se enseña en la escuela tiene la perspectiva de las clases que han gobernado durante mucho tiempo. El nuestro es un relato de caudillos y de personas iluminadas que toman decisiones por el resto de los ciudadanos. Los niños crecen pensando que hay una casta, preferiblemente formada por hombres, que está por encima de todos los demás porque ellos hicieron cosas heroicas. Se les mira como personajes públicos que merecen el tributo de la gente. El relato se afirma en los monumentos que hay en parques y en otros lugares públicos. Importantes avenidas llevan sus nombres. ¿Cómo desconfiar de ellos si hicieron todo por nuestra felicidad? La sociedad se acostumbra a verlos y en su nombre edifica una serie de valores que se aceptan como ley divina. Sus pecados se perdonan y se olvidan. Francisco Antonio Zea fue un político de la Nueva Granada, acusado de malversación de fondos. Le cabe el triste honor de ser el fundador del peculado en nuestra nación. Sin embargo, en Medellín hay una plaza que lleva su nombre y hasta hace muy poco el museo de Antioquia se llamaba museo de Zea. Tuvo que imponerse el pintor Fernando Botero con su donación multimillonaria y condicionarla a que se cambiara el nombre. Hoy se llama oficialmente Museo de Antioquia y la gente lo conoce como el Museo Botero. Sin embargo, la plazoleta cercana a la plaza minorista sigue llamándose Plazuela Zea. Y ahí está su estatua. Las palomas la visitan como a los otros próceres y la gente pasa junto a ella con aire de reverencia. Malversar fondos no es grave si se tiene monumento y plazoleta. Todo eso se perdona porque el relato lo permite. El imaginario colectivo se instala poco a poco a partir de hechos que marcan el pensamiento de la gente. Las guerras y sus vencedores prevalecen sobre los perdedores. La Historia es el producto de las narraciones de quienes ganaron las confrontaciones definitivas. La sociedad necesita honrar a los victoriosos y de alguna manera busca distanciarse de los que perdieron. La Ilíada es el canto de un pueblo que se resistió a la humillación de perder el símbolo de la belleza a manos de otro pueblo. Es el desfile de los campeones que van al rescate de Elena. Entre ellos va Aquiles, el guerrero más feroz, pero en medio de la batalla por conquistar a Troya se siente traicionado por su rey Agamenón, entonces se margina del combate y los Troyanos empiezan a obtener ventaja en la confrontación. Aquiles regresa a la lucha solo cuando ve que su fiel escudero, Patroclo, es asesinado por Héctor, que es el líder contrario. Empieza entonces una persecución despiadada hasta cuando lo caza y lo reta a muerte. Aquiles no tiene compasión con el cuerpo de su enemigo. No atiende los llamados a respetar su jerarquía. Solo se conmueve cuando el padre de Héctor le suplica que le devuelva el cadáver de su hijo. Es la justificación de la barbarie en nombre de la justicia. En esta y en todas las guerras todo se vale. No hay compasión para los vencidos. La novela del siglo XIX en Colombia mostró las relaciones sociales que quedaron como rezagos de un régimen basado en la propiedad de la tierra, incluidos todos los campesinos que la trabajaban. Manuela, de don Eugenio Díaz Castro, cuenta el viaje de un joven ilustrado a una región donde cultivan caña de azúcar. Describe las maneras delicadas con las que trata a las personas del campo y habla de sus asistentes indígenas que le cargan su equipaje y lo atienden con sumisión de siervos. El hombre se enamora de una campesina llamada Manuela y cuando está locamente enamorado la abandona para ir a buscar a su verdadera novia que vive rodeada de privilegios en Santa Fé. El hombre deja a Manuela en medio de un conflicto político en el que finalmente muere como retaliación del cacique del pueblo que la acosa sexualmente y al no lograr su consentimiento incendia la casa e inicia una guerra contra todos los pobres del lugar. En María, de Jorge Isaacs, la novela romántica alcanza un punto alto en la historia de la literatura colombiana. Sin embargo, detrás del amor del joven estudiante Efraím por su prima María, se leen todas las relaciones socioeconómicas imperantes en el Valle del Cauca. La presencia de esclavos es natural en la novela a pesar de que para la época en que se publicó, 1867, ya se había dado la manumisión 1851, es decir, en el tiempo de la publicación la esclavitud en Colombia ya era un caso juzgado. Sin embargo, la novela presenta al personaje de la mujer negra venida de África que ha servido desde siempre en esa casa. Para entonces todavía no hay una novelística rompedora del relato dominante y, en cambio, se siguen alimentando estereotipos de los valores sociales. El cuento de don Jesús del Corral, Que pase el aserrador, es una muestra de lo que reproduce la literatura a través de sus personajes y narraciones. Ocurre a principios del siglo XX, cuando está a punto de terminar la guerra del 85. Dos hombres huyen del ejército del que han desertado. Uno es paisa, se llama Simón, el otro es de Boyacá, indígena silencioso que anda detrás de su compañero en busca de la libertad. Comen raíces durante varios días y están a punto de desfallecer. Encuentran a un hombre sentado a la orilla de una cañada profunda que espera encontrar en ese cruce de caminos aserradores para la hacienda de su patrón, un conde francés. Simón dice que él es aserrador. El boyacense se resigna y dice que apenas es un peón. El hombre grita para que manden la tarabita en la que van a pasar al aserrador al otro lado. De allá le contestan: «Que pase el aserrador». Aquí ya se ve la intención de mostrar a un personaje que es capaz de mentir para sobrevivir y dejar abandonado a su suerte a su compañero de aventura. Apenas empieza la lista de presuntas acciones de hombre astuto. Es evidente que Simón no sabe aserrar pero tiene otras virtudes. Sabe trovar y tocar el tiple. Encanta a las mujeres de la cocina con piropos y con manoseos vulgares. Se hace querer de la dueña de la hacienda porque se gana a los hijos con juegos y con historias inventadas. Se vuelve imprescindible para la vida de esa casa. Finalmente debe irse para el monte a ejercer su oficio de aserrador. Ya les ha dicho a los patronos que deben pagarle un cincuenta por ciento por encima del mejor aserrador que hayan tenido alguna vez. Luego pide que lo manden con un asistente para enseñarle todos sus conocimientos. El más veterano aserrador lo acompaña y descubre que todo es un engaño. Pero no puede denunciarlo porque Simón lo amenaza con hacerlo echar de su protectora, la dueña de la hacienda y madre de los francesitos. Al aserrador no le queda más remedio que enseñarle y convertirlo en un experto. Este cuento se ha tomado como un ejemplo de lo que debe ser el paisa: astuto, ingenioso, encantador, recursivo. Inclusive, Belisario Betancur, que era el presidente cuando se inauguró el primer canal regional de televisión, Teleantioquia, le encargó al director de cine, Víctor Gaviria, que hiciera una adaptación de este relato para la primera emisión del canal. Quería enviar un mensaje a todo el país y decir con esta película, cómo son las cosas con la gente de esa esa región antioqueña. Y una gran parte de la población antioqueña se tragó el cuento de la superioridad paisa. Luego viviríamos las consecuencias de esa euforia chauvinista cuando apareció la figura siniestra de Pablo Escobar como símbolo del astuto. Fueron dos décadas de violencia y sufrimiento para todo el país y en especial para los propios habitantes de Medellín y el Valle de Aburrá. Un duro escarmiento para una sociedad que se dejó seducir por los cantos de sirenas y ahora despierta lentamente de esa pesadilla del narcotráfico. Es claro que no podemos culpar a don Jesús del Corral, autor de ese excelente cuento Que pase el aserrador, de todos los males de la sociedad paisa. Solo quiero traerlo como ejemplo de cómo la literatura puede influir en el imaginario colectivo. La novela no es buena ni mala por sí misma. Es un género literario de milenaria tradición que ha conservado su espíritu a través del tiempo. Una buena novela, ante todo, tiene personajes, y estos luchan por conseguir sus anhelos. En esta lucha radica el corazón de la novela, es lo que se conoce como el Conflicto, que no es otra cosa que todos los obstáculos que se le presentan al personaje para lograr sus deseos. No importa si triunfa o fracasa. Lo importante es la lucha, o, para decirlo en palabras de Thomas Mann, “la cacería es la cacería, cazar es lo de menos”. En la cacería es donde se dibujan todas las características de la época en la que ocurre la acción y de alguna manera se proyecta la personalidad del autor y su propio tiempo. Durante unos años leí novelas que podrían llamarse “militantes”. Eran los años en que hice parte de una organización revolucionaria en la ya lejana década del setenta. Los estudiantes universitarios de entonces soñábamos con la justicia social y buscábamos en la vida de la gente sencilla una razón para vivir nuestras propias vidas. Por eso leíamos libros como “Pan duro y negro”, “Así se templó el acero”, “Hija de la revolución”, “Diez días que estremecieron el mundo” y otras que contaban historias tristes pero llenas del valor de la gente que no tenía más alternativa en el mundo que levantarse contra los poderosos que les habían negado la felicidad por generaciones enteras. Esos libros nos mostraron el lado desconocido del universo, lo que nunca se habría de saber porque a los vencedores de la Historia oficial no les interesaba que se supiera. Con el tiempo, cuando me hice escritor y entendí que ya no iba a dirigir grandes huestes de desposeídos hacia la toma del poder sino que debía ser justo con mi pequeño entorno de familia y amigos, aprendí que las novelas no solo son un canto a la libertad humana cuando hablan de los pobres y sus sufrimientos. Las novelas son más importantes para el rumbo de la sociedad cuando están bien escritas, cuando revelan aspectos desconocidos del alma de la gente. Por eso es un género que ha sobrevivido a los siglos. Ahora me dedico a escribir novelas como asunto vital de mi existencia. Sé que mi responsabilidad con la sociedad es hacerlo bien y que para lograrlo debo trabajar sin descanso y tratar de profundizar en el conocimiento del ser humano. Se aprende más del comportamiento de los hombres en un libro como Guerra y Paz, escrito por el conde León Tolstoi en la época del zarismo en Rusia, que con discursos políticos o con análisis sociológicos sobre el imperio ruso del siglo XIX. Y si queremos conocer a los colombianos debemos leer a otro grande que no perteneció a la nobleza ni tiene nombre extranjero. Tomás Carrasquilla contó en Frutos de mi tierra a la Colombia de finales del siglo XIX. Luego, con cuentos sencillos y cortos como A la plata, dio cuenta de la forma como se formaban los ejércitos que contendieron en la guerra de los Mil Días. Con La Marquesa de Yolombó, denunció la idea que se tenía de la mujer en tiempos de la colonia. Esta es la clase de novelas que conectan a los lectores con el relato oculto. Muchos años después llegaría esa obra maestra Cien años de soledad para confirmarnos que la literatura es un camino hacia el conocimiento del mundo, y que las buenas novelas permiten que el imaginario colectivo se abra, como un campo de flores en primavera. Yo pertenezco a una generación posterior a Macondo y cuando empezábamos a escribir, nuestra mayor preocupación era encontrar un camino propio, que respetara y valorara la obra de García Márquez pero que no tratara de imitar al Maestro. Me siento orgulloso de nombres como Evelio Rosero, Tomás González, Juan José Hoyos, Piedad Bonnett, Laura Restrepo, quienes hallaron su propia voz en medio del bullicio de los aplausos a la obra de Gabo. En sus novelas hay que buscar esas claves para romper el círculo del relato dominante y construir un nuevo relato acorde con los anhelos de libertad de nuestro país contemporáneo. En novelas como Primero estaba el mar, de Tomás González; Los ejércitos, de Evelio Rosero; El cielo que perdimos de Juan José Hoyos; El prestigio de la belleza, de Piedad Bonnett; Pecado, de Laura Restrepo, podemos estar seguros de que la novela sigue abriendo caminos al ser humano y con autores como ellos sabemos que Colombia avanza en la construcción de un nuevo relato que refleje las características de la sociedad contemporánea.
JUANFE, REGRESA - Cuento - 2014 TRECE AÑOS DESPUÉS - Crónica - 2015 - (Foto: Róbinson Henao. Vivir en El Poblado. Cementerio de San Javier)

EL PLANETA COJO -cuento-

Written by Juan Diego Mejía Category: Cuentos Created on Tuesday, 17 June 2014 23:57 Hits: 1288
Estefanía tiene las piernas largas, mucho más que cualquier mujer que merezca la pena recordarse. Sus brazos también son largos y hacen juego con la longitud de sus piernas. Sólo hay que verla para decir, esas cuatro aspas son todas del mismo molino. Ella es armónica. El cuello la hace ver más alta de lo que es en realidad. El pelo le crece apretado y cuando ya es una mata visible se esponja y ella debe aquietarlo con trenzas finas que alguien le peina con paciencia.   
Estefanía es de Urabá. La gente de allá es alegre y ella baila en la pista cuando no está corriendo o recuperando el aire después de correr. Sus dientes son blancos y grandes como de yegua. Charla con los otros que también deben ser de Urabá. Podrían ser de cualquier lugar donde la gente tiene la piel oscura, de un color café que a veces se ve azul. Pero estos parecen hablar del mar, del agua que cae del cielo en cascadas durante días enteros, de tierras sembradas de banano que las pinta de verde hasta en el rincón más escondido. Ellos dicen cosas como comae, compae, guineo, arró, hablan de la niñalú, del señópalacio y mueven las nalgas como si el viento se las meciera al caminar. Estefanía tiene los ojos verdes. Una vez la miré de cerca y vi que le brillaban como lamparitas de esmeralda. También tiene los ojos azules. Lo supe cuando nos cruzamos una vez en la puerta del estadio. Yo entraba y ella salía con los morenos de Urabá. También los tiene cafés, a juzgar por la fotografía que salió en la prensa después del campeonato departamental de atletismo.  Estefanía es la promesa nacional. Corre como un venado y yo me quiero morir cuando la veo tomándoles cien metros a las otras morenas que la siguen a punto de desmayarse. Ella no se da cuenta que yo vengo a la pista siempre que entrena. Me pongo una  pantaloneta negra, los tenis con visos naranja que alumbran en la oscuridad, una camisa que a veces es azul o amarilla o verde o roja. Yo también cambio de colores como los ojos de Estefanía. Espero con tranquilidad el momento en que los corredores aficionados podemos entrar a usar el carril más externo, sin molestar a los morenos que siempre ganan las competencias nacionales. Ella no me ve a pesar de que mi camisa brilla en un extremo de la pista. Yo siempre la veo pasar como un relámpago negro seguida de una cola de competidoras. Estefanía parece que no me recuerda o por lo menos aparenta total indiferencia cuando me ve. Es como si nunca me hubiera visto. Yo en cambio sí me acuerdo de ella desde cuando llegué a la zona a prestar servicio militar. Cuando la vi por primera vez en la pista potrero de su pueblo en Urabá era una mascotica de cuello largo que daba zancadas desalineadas. A veces un pie se le chocaba con el otro y los brazos parecían marionetas sueltas. Siempre llevaba la cabeza derechita que sobresalía en la fila de corredoras. La conozco desde hace tiempos y varias veces corrí a su lado cuando me la encontraba en el camino al batallón. Las veía venir. Era una fila de negritas iguales de flacas todas y Estefanía siempre encabezaba la formación. Las demás movían la cabeza para los lados pero ella era como una ramita fuerte. Me les pegaba desde la orilla opuesta de la carretera que en realidad era un camino con un tapete de majagua, esas hojas que les salen en el tallo a las matas de banano y que sirven para sostenerse los pantalones como si fuera una correa, para juntar yucas y montarlas en la bicicleta, para asegurar puertas que se están cayendo en la casa, para colgar racimos de plátanos en el techo de la cocina y para amarrar secuestrados. Yo también era de piernas largas. Ahora sólo tengo una porque la otra se me quedó en Urabá en una mina quiebrapatas. Era de esas destrozadoras. Me la partió en pedacitos cuando íbamos en un particular de parranda para Necoclí y mis lanzas no pudieron recoger todas las astillas de hueso. Yo les dije cuando se arrimaron a cargarme, dejen esa pata ahí, güevones, y sáquenme rápido de este mierdero. Después se me fue el mundo. Antes de la mina yo corría tanto como Estefanía. Después de la mina dejé de correr. Me trajeron a Medellín para operarme y desde ahí se me acabó la vida. Mientras me acostumbraba a vivir sin mi pierna derecha fumaba, miraba televisión y a veces lloraba. No me importaba que me vieran triste y empezaran a señalar mi pierna mocha. Como no podía correr entonces me quedaba mucho tiempo libre y lo aprovechaba para hacer crucigramas, mirar porno en el computador de mi hermanito y me aburría. Yo creo que en todo este tiempo fue que Estefanía me olvidó. Cuando a uno le quitan una pata piensa más que cuando tiene las dos completicas. Y el nombre que siempre aparecía cuando me sentaba a fumar y a pensar era el de Estefanía. Ordené en mi cabeza todo lo que sabía de ella y eso me ayudó a conservar su recuerdo intacto hasta el momento en que pudiera volver a verla. Sé que se llama así porque el abuelito de ella leía novelas de vaqueros que vendían en las calles de Turbo. Eran los libritos de Marcial Lafuente Estefanía. Suena bien Estefanía y no es nombre de hombre sino de mujer. Entonces la dejaron así: Estefanía. Supe también que yo no era el único que iba a la potrepista a verla correr. Unos tipos de arriba bajaban al pueblo a emborracharse y se aplastaban a mirar piernitas y nalguitas en la manga donde entrenaban. A la que más miraban era a Estefanía. Ella daba vueltas y vueltas y cuando pasaba junto a ellos le decían pa quién está guardando todo eso mi amor, y se reían, yo la espero hasta que acabe de crecer mamita, y se daban palmadas en la espalda pero la negrita muy seria ni los miraba. Eran los del frente de la serranía que siempre bajan a sacarse el monte del alma. Uno los alcanza a entender porque eso de comer micos y culebras, cocinar sin sal y sin dulce, dormir en lo mojado, estar todo el tiempo en la selva con los animales lo va volviendo a uno otro animal. Pero peor. Mucho peor que ellos porque los animales no saben que afuera hay otro mundo con negritas como Estefanía y saber eso hace más difícil aguantar la soledad húmeda sin desesperarse. Ellos iban saliendo en grupitos de tres máximo. Así daban toda la vuelta los del frente. El único que se quedaba allá enmontado era el bandido negro jefe o el jefe bandido negro o el negro hijueputa ese que seguro recibía los informes de los que volvían del pueblo después de tres días de beber y putear. Sólo le interesaban las noticias de Estefanía. Quién sabe qué traumas tuvo en la infancia para obsesionarse tanto con los cuentos de las piernas de una negrita así de chiquita. Pues sí señor. Empezó muy decente dizque mandando mercados a la casa de Estefanía. Que de parte del comandante. Como si cualquiera pudiera llamarse comandante. Comandante mi capitán que sí sabe de la milicia. Pero ese negro qué iba a ser comandante de nada. Jefe de bandidos y no más. Comandante es el que ha estudiado y se ha jodido para aprender a mandar a la tropa. Pues sí. Siguió mandando gallinas que les robaba a otros más pobres, chivos expropiados en el monte, cerdos y toda clase de mercancías malhabidas. Después pasó a mayores. La mandó llamar para que corriera con unas guerrilleras gordas y las humillara en dos vueltas completas al campamento. Después le dijo que bailara para él un danzón cubano que le gustaba mucho. Esa vez la devolvió cargada de carne para la familia. Lléveles a los suegros, seguro fue lo que dijo cuando la montó en ese caballito flaco para que la llevaran al pueblo de regreso. Estefanía no se asusta por nada. Venía tranquila abrazando el atado de carne, pensando en quién sabe qué, andando al ritmo que le marcaba el guerrillo que llevaba el cabestro y cuando nos vio aparecer en una curva ni siquiera se mosqueó. Parecía que le daba lo mismo cualquier cosa que pasara, sólo apretaba con fuerza el paquete de carne y dejó que el bandido se fuera corriendo y que nosotros nos acercáramos a preguntarle de dónde venía y por qué estaba con ese. Vengo de arriba y no sé nada del señó que salió corriendo. Esa vez me vio de frente cuando me le acerqué y le dije que ya estaba en manos del ejército nacional. Le daba lo mismo estar en manos de nosotros que en las manos del negro. En cambio a mí sí me cambió la vida haberla tenido tan cerquita. Lo digo ahora después de tanto tiempo que he tenido para pensar mientras me acostumbraba a mirar mi pierna recortada. Al principio no se me pareció en nada a la que siempre iba delante de las competidoras en todas las carreras. La que me encontré en ese rastrojo perdido del mundo era una flaquita de piel ahumada y sin brillo en los ojos. Al verla me acordé de un operativo que hicimos en un barco pesquero de bandera venezolana frente a Turbo. Nos mandaron a detener al capitán porque llevaba niñitas prostitutas que había recogido en Cartagena. Alguien lo sopló. Un marinero sapo o algún chulo que se sintió estafado en el negocio y decidió aventarlo a las autoridades. Yo subí a bordo con mis lancitas que no cabían de la emoción y se atropellaban por agarrar de primeros la escalera. Los excitaba la idea de rescatar a unas puticas en altamar pero mi comandante dijo, Al que las toque le hago consejo de guerra. Todos nos calmamos y entramos a buscar. Pues sí. Las encontramos en la cocina. Unas estaban pelando papas y otras se mecían en hamacas colgadas en el balcón. Yo las hice filar y les dije que se numeraran. Se pararon muy juiciosas una al lado de la otra pero no pudieron con la numeración. Entonces yo grité, una, dos, tres, hasta ocho. La octava era una ratica negra que no era capaz de pararse derecha y parecía a punto de desmayarse. Los marineros pasaban junto a ellas y se reían. Me dieron ganas de pegarle a cada uno su buen pepazo de fusil a quemarropa. No sé por qué me vino ese recuerdo cuando me le arrimé a Estefanía que estaba toda despeinada y con olor a monte en el cuerpo. Esa fue la última vez que la vi en Urabá. Todo lo demás lo supe porque me lo contaron y no porque yo lo viera con estos ojos que se salvaron de la gusanada porque mis lanzas queridos me sacaron de allá y me alcanzaron a llevar al puesto de salud y después me embarcaron en un avión de Satena. Ya dije que mis lanzas y yo íbamos para Necoclí en un particular y no en carro oficial porque estábamos de rumba. Ellos cantaban todas las canciones que sonaban en el radio del particular y yo miraba a las muchachas que caminaban por ahí. Tenía la esperanza de que alguna de ellas fuera Estefanía y me saludara. Seguro se acordaría de mí, del soldado con las dos piernas completicas que trotaba junto a ella por la otra orilla de la carretera mientras la miraba sin quitarle el ojo. Colorado, el de Guarne, me dijo, lanza hacé vos el favor y bajate a comprar media de guaro en esa tiendita de allá. ¿La de allá? Sí, la de allá, la del otro lado de la quebrada, es pa no dar la vuelta en el carro, nosotros esperamos aquí. Venga pues, pero entonces yo no pongo billete. Tranquilo, nosotros invitamos, pero andá que las hembritas no nos esperan mucho. Cuando me bajé sentí el viento en la cara y pensé que algo me iba a pasar. En esos caminos no ventea mucho y cuando lo hace es porque el diablo anda suelto. Caminé hacia la tienda de allá, como me dijo mi lanza Colorado y volteé la cabeza para mirarlos en el carro. En esos momentos se abrió la tierra y voló mierda al zarzo. Yo sabía que algo me iba a pasar. Me dieron ganas de llorar porque mi pata había volado junto con toda la mierda de los alrededores y quién sabe qué iba a pasar conmigo. Lo demás ya lo dije. Cuando desperté en el hospital no podía dejar de pensar en ese negro que seguro fue el que puso la mina y en Estefanía sola en esa región a merced de los bandidos. Se me metió en la cabeza que mi pata perdida tenía relación con la suerte de la negrita. Pues sí. El bandido negro que se hace llamar comandante se la volvió a robar pero esta vez fue a las malas. Una noche mientras yo lloraba por mí llegaron los tipos a sacarla de la casa. Amarraron con majagua a los papás y se la llevaron a ella también amarrada para que no se les volara. La montaron en un campero que se perdió por esos caminos que atraviesan las fincas de banano y a medida que avanzaban se iba cerrando otra vez el paisaje. Nadie dijo nada. Ni siquiera los papás cuando unos vecinos los desamarraron. Todos se sentaron a esperar las órdenes del comandante de mierda y así fue como después de casi un mes volvió la negrita convertida en otra mujer muy distinta a la que se había ido. Yo debía estar en el hospital acostumbrándome a ver una pata distinta a la que todavía sentía entera desde la rodilla hasta la punta del pie. Era una mocha envuelta en gasas que no sabía cómo reaccionar cuando el resto del cuerpo quería caminar. Era como si dijera no me acosen, déjenme tranquila. Ya dije que lloraba mucho aunque la gente me viera. Pero es que todos los soldados llorábamos mucho en esos pabellones. De noche uno sólo oía llantos, gemidos, griticos y cuando amanecía nadie quería hablar. Todos callados como si la lengua también hubiera pisado una mina quiebrapatas. Y mientras los soldaditos despiernados nos consolábamos viendo pasar enfermeras bonitas Estefanía empacaba su ropa en una bolsa de plástico y se despedía de los papás. Ellos creyeron que afuera la estaba esperando el negro bandido pero no, agarró un bus para Medellín y les dijo adiós a ese pueblo de mierda y a todos sus guerrillos. Pues sí. Yo la armé con pedazos de recuerdos. En mi cabeza ella daba vueltas a la potrepista y yo iba detrás sin preocuparme de no tener sino una pierna. Por eso dejé que en el hospital me pusieran una prótesis que me tallaba como un demonio y me sacaba sangre en el muñón. No importa, la sigo hasta el fin del mundo, era lo que pensaba cuando se me aparecía la negrita corriendo. Aprendí a manejarla como si fuera una pierna de verdad y hasta soñaba que nadie se daba cuenta de que era falsa. Dejé de ver porno en el computador de mi hermanito y empecé a salir a la calle a jugar fútbol con los vecinos. Entrené con ellos hasta que el balón y el pavimento me formaron un callo duro y dejé de sangrar. Corría, amagaba, chocaba, lo único difícil era saltar. Ahí me quedaba como pegado del piso y entonces preferí volver a correr a ver si algún día me encontraba con Estefanía. A uno le hace falta tener en quién pensar. En el hospital yo cerraba los ojos cuando ponía la cabeza en la almohada y hacía memoria. Recordaba a las enfermeras que me habían atendido en el día, les buscaba los labios y sentía otra vez el olor al antiséptico. Pensaba hasta en las monjitas tan queridas. Pero no era suficiente. Mi espíritu se iba otra vez para Urabá. Recorría esos campos sembrados de verde, rodeaba ríos, atravesaba fincas, caminaba por trochas, sentía la música y oía a las mujeres cantar en las quebradas mientras lavaban la ropa. Andaba caminos conocidos y por fin aparecía. Pasaba como el viento por mi cama y me dejaba feliz. Sólo así me podía dormir tranquilo. Esas son cosas del destino. Nadie tiene la culpa de que sólo pensara en ella. Averiguando con los lanzas trotones del batallón me dijeron que en el estadio, al lado de donde juegan fútbol rojos y verdes, había una pista nueva y por las tardes entrenaban unas negritas muy alegronas. Me fui a verlas, a buscarla entre las morochas de pantalonetas ajustadas que se les metían lo más de bueno entre las nalguitas. Pegado de las rejas las vi pasar una vez, otra vez, hasta que la distinguí. Allá iba ella. Derechita, rapidita, la misma de la potrepista, y yo sentí que me hervía la sangre. Empecé a ir todos los días a esperar que abrieran un carril para la gente común y corriente. Ahí entraba yo con mi mocha. La gente me miraba al principio pero después se olvidaban de mí y me dejaban correr tranquilo. Estefanía seguía entrenando, haciendo unos piques tremendos con los que molía a las otras corredoras y las dejaba viendo un chispero. Ella ni siquiera me miraba cuando yo pasaba por el carril ocho que es el de más afuera. Desde el uno no se daba cuenta de que me temblaba hasta la pierna de mentiras por la emoción de verla en esa oscuridad del estadio a media luz. Yo me metía en esas sombras que dejaban los reflectores apagados y volvía a aparecer al pasar por los que estaban encendidos. Siempre llegaba a la hora en que ella y sus amigas ya habían terminado el entrenamiento serio. Me tocaba verla bailar y las demás le hacían rueda. Yo me quedaba hasta cuando no podía dar un paso más o hasta cuando apagaban del todo las luces. Ahora estoy más entrenado. La mocha no me molesta, me deja correr y me puedo concentrar en los movimientos de Estefanía que se desliza por el carril uno. Ella es el sol y yo un planeta. Los dos nos mantenemos en la trayectoria sin salirnos ni por un momento. Los planetas están condenados a girar alrededor del sol. Ella es mi sol brillante y veloz, yo soy su planeta cojo. Nunca voy a poder estar más cerca. Lo más cerca que puedo tenerlas es cuando la tengo a tiro desde mi carril, pero no podría arrimármele más. Lo que he visto me basta para saber que ha cambiado. Los huesos son más fuertes, las nalgas firmes y anchas, los muslos gruesos. Seguro de ahí le sale esa fuerza a la hora de impulsarse en la pista para dejar atrás a todo el mundo. Pues sí. Estefanía hoy es una negra bastantona que de lejos todavía se ve como la potranquita que yo conocí hace algunos años. Las mujeres se engruesan cuando tienen hijos pero mantienen los mismos gestos de siempre. Ella corre como si estuviera en el pueblo y no parece una mamá aterrorizada. No puede ser que Estefanía siga unida al negro bandido desde ese tiempo en que yo era un soldado entero. No me cabe en este cuerpo incompleto la idea de que ella le haya tenido un hijo a ese animal y que en cualquier momento él pueda mandar  a buscarla para llevársela para el monte otra vez. Si se atreven a venir los tipos del frente de la serranía yo voy a estar listo para defenderla. De seis a diez, mientras yo esté aquí, no podrán tocarle un dedo. Les llevo ventaja porque ellos no sospechan del cojo que siempre viene a darle vueltas a este estadio. No saben que soy un soldado del glorioso ejército nacional. No se imaginan todo lo que estoy dispuesto a hacer para protegerla. No saben que me volví experto en dolores y en soledades. Yo puedo esperar el tiempo que sea. Mientras tanto me entreno y cada vez me vuelvo más corredor. Ya hago parte del paisaje de la pista. Nadie se molesta si me ve entrar con mi maletín donde guardo zapatillas, camisa y pantaloneta. No se asustan cuando me bajo los pantalones y aparece esta pierna de muñeco. Nada. Todo normal. Ya me aceptan. Hasta Estefanía me acepta sin saber quién soy. Tal vez aparenta no conocerme. Se ve tranquila cuando pasa a mi lado. Yo en cambio tiemblo como un quinceañero y tengo que tomar aire para no ahogarme. Después me recupero y sigo patrullando por mi carril ocho, el de los comunes y corrientes. Corro al lado de oficinistas gordos, estudiantes de gafas, señoras que van conversando lo más de normal, nadie se detiene, nadie se pregunta qué me impulsa, nadie sabe que soy apenas un planeta cojo y que sólo giro alrededor de mi sol.  
Reseña de Juan Diego Mejía Manuel Mejía Vallejo o El viento en la espalda La inocencia perdida. 27 de abril 2010. C.C.García Márquez. Bogotá EL ENIGMA DEL FANTASMA ATRAVESADO (Texto leído en la Universidad Pontificia Bolivariana el 13 de agosto de 2009) VESTIDA PARA BAILAR 14 de julio de 2009 EL RIO QUE HA VISTO TODOS LOS MUERTOS (2005) EL MUNDO QUE YO NOMBRO - Texto leído en la Universidad San Buenaventura de Cali. 2008 LA MEMORIA DEL RÍO(Medellín, 30 de agosto de 2005 ) EL DIM, POR ESAS COSAS DEL DESTINO (2004) LA CUEVA (noviembre 2006) EL CINE ERA MEJOR QUE LA VIDA (Fragmento) ERA LUNES CUANDO CAYÓ DEL CIELO (Fragmento) El dedo índice de Mao Camila Todoslosfuegos A cierto lado de la sangre El cine era mejor que la vida CONVERSACIÓN SOBRE ERA LUNES CUANDO CAYÓ DEL CIELO Reseña Era lunes cuando cayó del cielo Libro del día: 'Era lunes cuando cayó del cielo', Ojo a la hoja. Muerte sin color Revista Semana Infashion Esa vieja costumbre de besar a los muertos UN CIELO Y DOS HÉROES El mar es blanco Camila Todos (The short story) Camila Todoslosfuegos LA VIDA A SEIS GOLES - Cuento - Dic. 2006 ESPERANDO A AGUSTÍN